Me han preguntado muchas veces por qué escribo. Y siempre he dicho que escribo para poder respirar, para darme el gusto de contarme ciertas historias que busco en los libros y no encuentro, para dar vida a esas tramas que rondan por mi mente y amenazan con ahogarme si no les doy salida. Pero mis razones no son las mismas que las de otros escritores con los que he conversado sobre el tema. Para algunos, es un placer; para otros, una eterna angustia. Sin embargo, por placentera que sea la experiencia, la verdadera escritura es un desgarramiento.
Escribir es un acto suicida, una entrega absoluta de la voluntad. Es una claudicación del yo ante esas criaturas –a veces quiméricas– que surgen de nuestro subconsciente. Es una amnesia milagrosamente sanadora que nos aleja del lugar y el tiempo en que vivimos para hacernos comprender mejor nuestro propio universo. Es también una aniquilación y una renuncia. La voluntad se transforma en decisiones que no nos pertenecen. Esas historias plagadas de elementos imposibles se convierten en algo más real que cuanto nos rodea.
El proceso creativo constituye la droga natural del cerebro. Es una sensación adictiva, especialmente si se ha practicado desde la infancia. No hay razón ni argumento que logren detener ese estado nirvánico. Para mí, al menos, escribir es el om del espíritu. Es la certeza de poseer a Dios.

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