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¿Cómo se «veía» realmente el Antiguo Egipto?

Ruinas actuales de Luxor

Ruinas de Luxor

Últimamente he estado leyendo más que de costumbre sobre ciertos temas relacionados con el mundo antiguo. A decir verdad, es una obsesión que arrastro desde la adolescencia, y cada vez me interesa más indagar en las épocas que nos precedieron. No cabe duda de que hemos perdido un legado extraordinario, tanto en cultura como en tecnología, proveniente de nuestro pasado. Pocas civilizaciones dejaron rastros obvios de su presencia; otras, solo algunas ruinas o dibujos; y muchas más apenas son recordadas en mitos y leyendas. Pero incluso las que han dejado huellas visibles, se mantienen bastante ajenas a nuestro ojo contemporáneo; ni siquiera hemos logrado tener una visión cabal de su espiritualidad, de su sentido estético o de sus motivaciones religiosas, aun cuando se trate de civilizaciones estudiadas y exploradas hasta el cansancio, como la griega o la egipcia.

Para poner un ejemplo, la escultura renacentista y moderna, que se cree deudora directa de la estatuaria grecorromana, en realidad tomó un camino adulterado desde el Renacimiento. Cuando artistas como Michelangelo, Bernini o Donatello esculpieron sus icónicas obras en mármol blanco, pensando que seguían los parámetros del ideal clásico, se equivocaban de medio a medio, porque toda la escultura antigua requería del toque final de la pintura para ser considerada una obra digna de dioses y reyes.

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Tecnologías perdidas del Antiguo Egipto

Ya han pasado cuarenta años desde que Erich von Däniken publicara su polémico libro Recuerdos del futuro, donde mencionaba cientos de anomalías arqueológicas que contradecían la versión oficial de la historia. Su hipótesis para explicarlas era que, en tiempos remotos, astronautas de otros mundos habían visitado la Tierra e interactuado con las primeras civilizaciones, y que tales artefactos eran huellas de esos paleocontactos. El tema provocó un revuelo que ha durado décadas.

Diseño de la nave descrita por Ezequiel, según J. Blumrich, ingeniero de la NASA.

Varios científicos intentaron demostrar la falsedad de esa teoría. Uno de ellos fue Josef Blumrich, un ingeniero galardonado de la NASA, especialista en diseño de naves espaciales. Tras estudiar el pasaje bíblico que, según Däniken, describía una nave espacial, Blumrich publicó The Spaceships of Ezequiel, donde no sólo apoyaba a Däniken, sino que mostraba el diseño de la nave descrita en la Biblia. Por si fuera poco, creó y patentó la rueda omnidireccional guiándose por la descripción del profeta bíblico. Esa rueda fue usada primero por la NASA en sus vehículos de exploración y hoy se emplea también en otros campos.

Con el tiempo, numerosos científicos e ingenieros se han sumado a las filas de quienes aseguran que algo anda mal en lo que nos han enseñado en la escuela. Y si no todos apoyan la hipótesis de los astronautas antiguos, al menos aseguran que hay mucho más en nuestro pasado de lo que pretende hacernos creer la arqueología tradicional. Los libros escritos por especialistas que apoyan la hipótesis de que nuestro pasado es muy diferente a la idea que teníamos sobre él ya se cuentan por centenares

Uno de ellos es Lost Technologies of Ancient Egypt: Advanced Engineering in the Temples of the Pharaohs (Tecnologías perdidas del Antiguo Egipto: ingeniería avanzada en los templos faraónicos), del ingeniero Christopher Dunn, quien ha trabajado en la industria aeroespacial, ha sido diseñador de instrumentos y herramientas, colaboró en el desarrollo de equipos de rayos láser de alta precisión usados en la fabricación y ensamblado de piezas para la aviación y motores de turbina, y ha sido jefe de proyectos en la industria metalúrgica.

Dunn parte de una premisa aplastante. A mediados del siglo XIX, se produjo la Segunda Revolución Industrial. Los trenes y barcos de vapor aumentaban su velocidad. Las computadoras ni siquiera eran un sueño. En apenas 150 años, la creatividad ha diseñado un mundo digital donde palabras e imágenes viajan casi instantáneamente al otro lado del planeta. Las herramientas de mano se han convertido en instrumentos robotizados. Nuestra civilización ha salido de la Edad Media, pasando por el Renacimiento hasta la conquista espacial en apenas 500 años. Sin embargo, se nos intenta hacer creer que en los más de 3.000 años que duró la civilización egipcia, las herramientas que usaron aquellos hombres nunca cambiaron; que quienes lograron obras de ingeniería que ni siquiera hoy podemos igualar, solo utilizaron martillos y cinceles de cobre y madera sin cambiar un ápice su diseño.

Durante 35 años, Dunn ha estudiando los monumentos egipcios, desde las pirámides hasta los templos de Karnak y Denderah, pasando por las gigantescas esculturas de Ramsés. Fotos de esas superficies, revisadas bajo microscopios electrónicos, e innumerables experimentos hechos con las herramientas supuestamente usadas por los constructores, han demostrado que ninguno de esos instrumentos de cobre y madera, pudo haber dejado esas marcas de precisión mecánica sobre las superficies perfectamente pulidas, redondeadas o anguladas con regularidades de centésimas de milímetros. El hecho de que solo se hayan recuperado unas pobres herramientas de cobre y madera en las cercanías de los monumentos, no quiere decir que no haya otras en espera de ser descubiertas.

Geometría de Ramsés, según uno de los esquemas de Dunn

Dunn muestra fotos y esquemas donde se aprecia que han debido existir equipos de alta precisión para lograr, por ejemplo, que todos los detalles del rostro en las estatuas de Ramsés contengan una correlación bilateral milimétrica. De hecho, hoy solo es posible conseguir semejante acabado utilizando el barrido por puntos de una computadora. Por supuesto, Dunn no infiere que los egipcios poseyeran computadoras, sino que la cultura que construyó tales monumentos tuvo acceso a una tecnología hoy perdida que quizás esté bajo las narices de los arqueólogos, quienes no se dan cuenta de su existencia porque no cuentan con el bagaje necesario para ello.

Midiendo el rostro de Ramsés. La bilateralidad tiene una exactitud de centésimas de pulgada.

Usando lo que hoy se llama “reversal engineering” (ingeniería a la inversa o al revés), en la que a partir de un objeto los especialistas identifican cómo y con qué tipo de herramientas fue construido, Dunn propone la posibilidad de que se hayan usado mega-sierras o tornos verticales gigantes para cortar muchas de esas piedras monumentales. Existen varias hondonadas o trincheras que los arqueólogos llaman boat pits (pozos de barcos) debido a su forma. Los egiptólogos piensan que son símbolos del transporte que conducía a los faraones a la otra vida, debido a que en uno de ellos apareció un barco que hoy se encuentra en un museo. Pero Dunn ha hecho notar que otras trincheras, como la de Abu Roash, son demasiado estrechas y profundas, y que ni siquiera tienen forma de barco.

“Pozo de barco”: Obsérvese la escalera del extremo, indicio de que era necesario entrar y salir constantemente de ellos: algo comprensible en un lugar de trabajo

Como muestran sus esquemas, tales trincheras pudieron ser el sitio perfecto para acomodar ese sistema de mega-sierras que permitirían cortar bloques gigantes con la precisión requerida, con una eficacia que tendría mucho más sentido que  la propuesta por los arqueólogos. Pese a todos los intentos que se han realizado con las herramientas de madera y cobre halladas hasta ahora, ha sido imposible cortar un solo bloque o fragmento de estatuas con la misma precisión que aparece en los monumentos.

Reconstrucción de cómo debieron ser las mega-sierras, según Dunn, en lo que hoy los egiptólogos llaman “pozos de barco”. Compárese con la foto anterior.

Son impresionantes las fotos donde se ven las marcas producidas por maquinarias modernas de alta precisión al compararlas con las que aparecen en los monumentos egipcios. No hay manera de que un martillo o un cincel manejados por manos humanas dejen esas marcas.

Dunn no descarta que una civilización terrestre, anterior a la egipcia, pudiera haber sido la responsable de muchos de los grandes monumentos que hoy se atribuyen a los súbditos de Keops. Y cita, por ejemplo, las conclusiones del geólogo Robert Schoch, de la Universidad de Boston, quien ha calculado que la erosión de la Esfinge (atribuida al agua) tuvo que ocurrir entre los años 5.000 y 7.000 a.C. Los arqueólogos han puesto el grito en el cielo porque, según ellos, en esa época, sólo había tribus de cazadores y recolectores sin recursos para tamaña obra de ingeniería. Sin embargo, la ciencia de los sedimentos y de la erosión ―que son la especialidad de un geólogo― parece decir otra cosa.

El libro de Dunn demuestra que existen muchos enigmas que los arqueólogos no lograrán desentrañar solos. Es necesaria la colaboración de ingenieros, arquitectos, geólogos y otros especialistas que los ayuden a evaluar mejor esos “imposibles” sobre los que prefieren guardar un molesto silencio, porque su existencia contradice la historia oficial.

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