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La ciencia ficción está de luto: ha muerto Brian W. Aldiss

El escritor inglés Brian W. Aldiss, uno de los grandes clásicos del género, murió este sábado 19 de agosto de 2017, un día después de cumplir 92 años.

Aldiss recibió numerosos premios y reconocimientos. Era miembro de la Royal Society of Literature desde 1990. Había sido nombrado Gran Maestro de la Ciencia Ficción por la asociación Science Fiction Writers of America y pasó a formar parte del Salón de la Fama de la Ciencia Ficción y la Fantasía en 2004. También recibió el título de Oficial de la Orden del Imperio Británico, otorgado por la reina Isabel II por sus logros en el terreno literario. Y durante casi 20 años fue el “Invitado Especial Permanente” de cada ICFA (International Conference for the Fantastic in the Arts), el mayor congreso académico del mundo dedicado a la fantasía y a la ciencia ficción.

Fue en uno de esos eventos donde tuve la suerte de conocerlo personalmente, en el año 2004, cuando asistí como invitada de honor del 25° ICFA. Nunca olvidaré su amabilidad y sus cálidas palabras de felicitación. Ni sus gestos ni su conversación delataban su edad. Era una de esas personas eternamente vivaces, quizás porque siempre conservó esa mente privilegiada de donde salieron tantas obras que hoy son clásicas.

Los tres invitados de honor al 25° International Conference for the Fantastic in the Arts con el Maestro (de izq. a der.): Liz Hand (escritora, EE.UU.), Marcial Souto (crítico y traductor, España-Argentina), Daína Chaviano (escritora, Cuba-EE.UU.), Brian Aldiss (escritor, Gran Bretaña)

Fue una de las figuras fundamentales de la Nueva Ola Británica que tuvo su eclosión durante los años 60 y 70. Ese movimiento renovador —del cual Aldiss fue uno de sus principales exponentes— se caracterizó por una gran dosis de experimentación, tanto en forma como en contenido, donde los autores hicieron hincapié en la calidad literaria y desdeñaron la tradición del pulp science fiction que hacía más énfasis en la ciencia dura que en la sensibilidad artística y el oficio de la escritura, con lo cual elevaron los cánones del género al nivel de la literatura tradicional.

Una de las joyas de mi biblioteca: Mi ejemplar de “Invernáculo” dedicado por su autor.

Aldiss dejó novelas memorables como Galaxias como granos de arena (Galaxies Like Grains of Sand), Los oscuros años luz (The Dark Light Years), En el lento morir de la Tierra (también publicada en español como Invernáculo, en Gran Bretaña como Hothouse, y en EE.UU. como The Long Afternoon of Earth), Viaje sin término (Non-Stop, también publicada en español como La nave estelar) y otras más.

Además escribió innumerables relatos, entre ellos “El árbol de saliva” (The Saliva Tree), Premio Nebula en 1965, y el clásico “Los superjuguetes duran todo el verano” (Supertoys Last All Summer Long), que fue llevado al cine por Steven Spielberg, siguiendo el guión de Stanley Kubrick, con el título I.A.: Inteligencia artificial (A.I.: Artificial Intelligence).

Con su muerte se va uno de los grandes escritores de la ciencia ficción del siglo XX.

Descanse en paz, Maestro. Sus lectores nunca lo olvidaremos.

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Maya Plisetskaya: Ha muerto el cisne.

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Ha muerto la bailarina Maya Plisetskaya (1925-2015), la doncella-cisne por excelencia, la inolvidable Odette-Odile, el moribundo cisne de Saint-Saëns, el más grandioso que agonizara en escenario alguno. Su legendaria interpretación de “La muerte del cisne” intentó ser copiada por generaciones de bailarinas de todas las latitudes, pero jamás ocasionaron el impacto ni dejaron el legado del suyo; ni siquiera la Pavlova manejó aquellos brazos alados como ella.

En una entrevista, al preguntársele sobre ese modo tan suyo de interpretar sus cisnes, ella contó que había pasado jornadas enteras observando el comportamiento de esas aves en los estanques y la forma en que movían sus cuellos y agitaban las alas con el fin de reproducirlo en la anatomía humana, que era tan diferente. El resultado queda para la historia en los videos y películas que recogen sus actuaciones.

La impresión que me produjo su cisne, cuando la vi a mis 6 ó 7 años en el teatro García Lorca de la Habana, dejó una huella que me acompaña hasta hoy.

Fue un privilegio haber podido disfrutar de una bailarina cuyo talento y entrega personificaron lo mejor del arte del ballet. Descanse en paz, Prima Ballerina Assoluta.

La muerte del cisne, a los 50 años (1975)

La muerte del cisne, a los 34 años (1959).

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Adiós a Lucía Huergo

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Portadas de las primeras ediciones de los discos “Ancestros I” (Grupo Síntesis) y “Cantos” (Grupo Mezcla con Lázaro Ros). Lucía Huergo aparece en el centro de la foto, con blusa blanca.

Esta madrugada se ha ido Lucía Huergo, a quien siempre había considerado “la maga del saxofón cubano”. Pianista, compositora, flautista y una arreglista genial sin la cual no existirían dos joyas de la discografía cubana de las últimas décadas, que ya son clásicos del rock afrocubano, y cuyas primeras ediciones en CD conservo como los tesoros que son.

Imposible olvidar sus arreglos a cantos afrocubanos en piezas como Eyeleó, Mereguo, Barasuayo o Titi-Layé, este último cantado por el inefable Akpwón de la música afrocubana Lázaro Ros (en el disco Ancestros I) –arreglos que eran casi composiciones personales, porque Lucía siempre supo imprimirles giros muy sui generis que la identificaban.

Murió, según dicen las noticias, con 57 años, a causa de cáncer del pulmón.

Feliz viaje, maestra. Nunca pude decirle en persona cuánto la admiraba, pero su música me seguirá acompañando en mis solitarias horas de escritura, como ocurre desde hace años.

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Ha muerto el trovador Santiago Feliú

Santiago Feliú y Donato Poveda, en La Habana de los años 80. Así eran ambos cuando los conocí.

Santiago Feliú y Donato Poveda, en La Habana de los años 80. Así eran ambos cuando los conocí.

Acabo de enterarme que el trovador cubano Santiago Feliú ha muerto de un infarto masivo en La Habana. Fue un amigo querido y uno de los mejores trovadores de mi generación. Recuerdo su voz, de una tesitura dulce y antigua, como la de un trovador medieval. Era un ser noble y simpático, una de esas personas a quienes la gente quiere porque no le queda otro remedio.

Lo conocí alrededor de los años 1980, cuando cantaba con el trovador Donato Poveda (que hoy vive en Miami), con quien formó el dúo más espectacular de toda una generación. Mis jornadas vespertinas para ir a escucharlos a ambos al anfiteatro del Parque Almendares, en cuyas gradas de cemento me sentaba con mis faldas de gitana hippie, rodeada de muchachos de cabellos largos, es uno de los recuerdos más preciados de mi juventud.

Descansa en paz, Santi. Siempre pensé que volveríamos a conversar algún día. Será en otra vida.

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Ha muerto Frederik Pohl (1919-2013)

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Me he levantado de madrugada, sin poder dormir, con raras imágenes en la cabeza después de haber intentado hacer mi acostumbrada meditación nocturna. Ha sido como si mi espíritu saliera del cuerpo, no hacia un lugar conocido, sino lejos de la Tierra. Pero no ha sido exactamente un desdoblamiento  –ningún out-of-the-body experience–, sino un aluvión de imágenes que sentía caer sobre mí, casi atacándome. Estaba en el espacio. Me movía entre planetas de paisajes absurdos: noches azules, cielos estrellados con franjas de nubes como auroras boreales, una civilización de gigantes con emociones incomprensibles, salones inmensos donde criaturas semejantes a dioses sumerios manipulaban jeroglíficos de oro… Imposible meditar con esas imágenes en la cabeza.

bce609a6c94e426e2d9886fd608ee135Me senté ante la computadora, movida por un impulso que violaba mis propias reglas nocturnas de no acercarme a ningún equipo electrónico por las noches. Y apenas he buscado la palabra ciencia ficción, aparece la noticia: Ha muerto Frederik Pohl. Y la noción me golpea con violencia. Se ha ido el autor de clásicos irrepetibles como Pórtico (Gateway) y Los mercaderes del espacio (The Space Merchants), que co-escribió con Cyril M. Kornbluth, dos obras que contribuyeron a solidificar una visión narrativa donde la regla más importante –y paradójica– era rebasar los límites de la imaginación sin destruir la lógica científica.  Era uno de los pocos sobrevivientes de la Edad de Oro de la ciencia ficción anglosajona, que tuvo su mejor época entre los años 30 y 50. Para quienes descubrimos el género en nuestra infancia y lo amamos desde el primer momento, Pohl era uno de los Maestros.

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Ha muerto Ángel Arango (1926-2013): pionero de la ciencia ficción en Cuba

Ángel Arango

Lo conocí hace más de treinta años. Yo era una estudiante que acababa de ganar mi primer premio literario y aún no me lo creía. Cuando me lo presentaron, casi no pude disimular mi emoción. Aquel señor de grandes e intimidantes espejuelos era el autor de “Un inesperado visitante”, un relato que me había marcado desde que lo leyera en la legendaria antología que realizara Oscar Hurtado en 1969. Contaba la historia de un Cristo extraterrestre que, usando poderes inexplicables, era capaz de alterar la materia y transformar el agua en vino o de caminar sobre las aguas. Aquel relato sigue siendo una de esas joyas narrativas que, una vez que se leen, es imposible olvidar.

Conversé con Arango innumerables veces en el transcurso de estos tres decenios. Fuimos amigos, siempre desde la respetuosa distancia que me inspiraba aquel autor casi legendario para mi generación, por tratarse de uno de los pioneros de la ciencia ficción en Cuba ―un género al que se mantuvo fiel, incluso durante el tristemente célebre Quinquenio Gris, cuando se prohibió en la isla, entre otras cosas, toda obra de arte o literaria relacionada con la fantasía. Sin embargo, pese a la cacería de brujas que se desató durante esa época y que llegó a anular y quebrantar a otros autores, Arango regresó al género cuando el velo de la prohibición comenzó a levantarse, gracias precisamente a la persistencia –a veces silenciosa, pero firme– de escritores como él.

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Neil Armstrong: el sueño de los dioses

“Creo que cada ser humano tiene un número contado de latidos. No tengo la intención de desperdiciar los míos.” Neil Armstrong

Acaba de fallecer el astronauta norteamericano Neil Armstrong, el primer hombre que pisó otro mundo aquel inolvidable mediodía (en La Habana) de 1969. Escuché todo el descenso y alunizaje a través de una emisora prohibida en Cuba, la Voz de las Américas, que entraba de manera clandestina porque se transmitía desde Estados Unidos. Fue la única estación de radio a través de la cual miles de cubanos pudimos seguir en vivo ―y con las visiones de nuestra imaginación— aquella proeza que no ha tenido paralelo hasta ahora.

Después de aquello, uno de mis tíos maternos, que vivía en New Orleans y me había dejado como herencia sus libros de astronomía cuando se marchó a Estados Unidos, pues sabía de mi pasión por el tema, me envió una postal con una foto del astronauta enfundado en su traje espacial, con ese hermoso rostro de dios griego, luminoso y cándido como un ángel extraterrestre. Aquella foto me acompañó durante toda la niñez, y luego presidió mi escritorio en la adolescencia y juventud, mientras escribía mis primeros libros de fantasía y ciencia ficción.

Fue uno de mis primeros héroes, cuya grandeza y valentía aún sigo admirando. Su hazaña alimentó los sueños de los que, desde temprana edad, ya imaginábamos el viaje a otros planetas con la misma convicción con que los antiguos creían que sus dioses eran capaces de arrebatarlos de la Tierra para llevarlos a reinos inmortales. Neil Armstrong confirmó nuestras fantasías frente a los descreídos de siempre, que consideraban el viaje a otros mundos como una posibilidad tan remota que resultaba casi irrealizable y hasta ridícula. Pero para eso han existido siempre hombres como Armstrong: para ayudarnos a mantener vivos los sueños imposibles, pese a los argumentos más «racionales», y para inspirarnos a seguir imaginando otros mayores.

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Ha muerto Ray Bradbury, Maestro de Maestros

Acaba de salir la noticia en las redes, y el mundo del arte y la literatura, de la ciencia y la tecnología, de los visionarios y los soñadores más audaces, se visten de luto. Ayer martes 5 de junio, en horas de la noche, según confirmara su hija Alexandra, murió su padre Ray Bradbury, autor de las obras más representativas de la ciencia ficción mundial. Tenía 91 años de edad.

“Su monumental legado vive en sus libros, películas, series de televisión y obras de teatro”, dijo su nieto Danny Karapetian. “Pero más importante aún, en las mentes y los corazones de todos los que lo leyeron, porque leerlo era conocerlo. Influyó a tantos artistas, escritores, maestros y científicos, que siempre es conmovedor y reconfortante escuchar esas historias”.

Sus dos obras cumbres, Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, han quedado como íconos de la imaginación y de la previsión sobre el futuro.

Mi ejemplar de “Crónicas marcianas”, que conservo desde la adolescencia.

Crónicas marcianas, publicada en 1950, es un conjunto de relatos que forman el cuerpo de una misma historia. La trama gira en torno a la conquista humana del planeta Marte, donde una pacífica civilización termina siendo un moribundo y fantasmagórico recuerdo, destruida por la avaricia, la banalidad y la incultura de los exploradores. El libro es una denuncia poética contra la intolerancia y la colonización deshumanizada, contra el racismo y la estupidez humana.

Fahrenheit 451, publicado en 1953, retrata una sociedad en la que los libros son prohibidos e incinerados. Es un temible recordatorio de las piras de libros llevadas a cabo por la Inquisición católica, más tarde por los nazis, e incluso hoy por sociedades totalitarias y dictatoriales que siguen prohibiendo y destruyendo  libros “políticamente incorrectos” para sus intereses de control de las masas.

La novela, cuyo título surge de la temperatura a la que arde el papel, también ha resultado ser terriblemente profética. Los personajes se han vuelto adictos a las telenovelas y a la televisión en general, mientras usan unos pequeños audífonos con los que escuchan música y noticias todo el tiempo.

Durante muchos años, Bradbury intentó  evitar que su obra fuera publicada en forma de e-books. En una entrevista al New York Times dijo que los libros electrónicos “olían a combustible quemado” y calificó a Internet de “distracción inútil”, añadiendo: “No le veo el sentido, no es real. Es algo que está en el aire”.

Bradbury alrededor de los 30 años.

Muchos criticaron su postura anti-tecnológica, algo aparentemente contradictorio para un escritor de ciencia ficción. Pero la explicación es simple: son precisamente escritores como él quienes más han advertido contra el mal uso de las tecnologías que, muchas veces, terminan deshumanizando la sociedad y alejándola de sus orígenes naturales, cuando debería existir un equilibrio entre ambas opciones. No fue sino hasta el año pasado que, convencido por su agente de que los nuevos contratos no aceptarían una reimpresión en papel si no se incluía también la opción del e-book, que aceptó… y supongo que a regañadientes.

Bradbury (4 años)

Con sólo 3 años, ya había decidido ser escritor. Fue un lector compulsivo que siempre reconoció y agradeció otras influencias: “Me enseñó Shakespeare, me enseñó Julio Verne. Edgar Allan Poe me dijo que escribiera. Edgar Rice Burroughs y John Carter de Marte… H. G. Wells y El hombre invisible. Los grandes nombres fueron mi influencia y con ellos nunca necesité más consejo”.

Con la muerte de Ray Bradbury, se cierra una época de oro para la ciencia ficción y para toda esa literatura cuyos pilares son la imaginación, la poesía y el humanismo. En un mundo cada día más violento, que pide a gritos una reforma del pensamiento social, económico y político a escala mundial, la impronta de escritores como él, que se rebelaron contra el modus vivendi y denunciaron las inmoralidades sociales y ecológicas del mundo en que vivimos, debería quedar como uno de los senderos rescatables del arte contemporáneo.

De cualquier modo, quienes crecimos leyéndolo y atesorando sus libros, volveremos una y otra vez a sus páginas. Cuando era adolescente, me aprendí de memoria párrafos enteros de sus Crónicas marcianas. Y si alguna vez ocurriera la terrible catástrofe temida por su autor –la desaparición total de los libros– me alegraré de haber seguido el ejemplo de los personajes de Fahrenheit 451, que guardaban en sus memorias bibliotecas completas de obras desaparecidas. Sé que al menos podré sentarme bajo el sol de algún atardecer y recitar de memoria esos pasajes que jamás he olvidado: “Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa con columnas de cristal….”

Poster inspirado en las “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury

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