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Maya Plisetskaya: Ha muerto el cisne.

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Ha muerto la bailarina Maya Plisetskaya (1925-2015), la doncella-cisne por excelencia, la inolvidable Odette-Odile, el moribundo cisne de Saint-Saëns, el más grandioso que agonizara en escenario alguno. Su legendaria interpretación de “La muerte del cisne” intentó ser copiada por generaciones de bailarinas de todas las latitudes, pero jamás ocasionaron el impacto ni dejaron el legado del suyo; ni siquiera la Pavlova manejó aquellos brazos alados como ella.

En una entrevista, al preguntársele sobre ese modo tan suyo de interpretar sus cisnes, ella contó que había pasado jornadas enteras observando el comportamiento de esas aves en los estanques y la forma en que movían sus cuellos y agitaban las alas con el fin de reproducirlo en la anatomía humana, que era tan diferente. El resultado queda para la historia en los videos y películas que recogen sus actuaciones.

La impresión que me produjo su cisne, cuando la vi a mis 6 ó 7 años en el teatro García Lorca de la Habana, dejó una huella que me acompaña hasta hoy.

Fue un privilegio haber podido disfrutar de una bailarina cuyo talento y entrega personificaron lo mejor del arte del ballet. Descanse en paz, Prima Ballerina Assoluta.

La muerte del cisne, a los 50 años (1975)

La muerte del cisne, a los 34 años (1959).

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Adiós a Lucía Huergo

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Portadas de las primeras ediciones de los discos “Ancestros I” (Grupo Síntesis) y “Cantos” (Grupo Mezcla con Lázaro Ros). Lucía Huergo aparece en el centro de la foto, con blusa blanca.

Esta madrugada se ha ido Lucía Huergo, a quien siempre había considerado “la maga del saxofón cubano”. Pianista, compositora, flautista y una arreglista genial sin la cual no existirían dos joyas de la discografía cubana de las últimas décadas, que ya son clásicos del rock afrocubano, y cuyas primeras ediciones en CD conservo como los tesoros que son.

Imposible olvidar sus arreglos a cantos afrocubanos en piezas como Eyeleó, Mereguo, Barasuayo o Titi-Layé, este último cantado por el inefable Akpwón de la música afrocubana Lázaro Ros (en el disco Ancestros I) –arreglos que eran casi composiciones personales, porque Lucía siempre supo imprimirles giros muy sui generis que la identificaban.

Murió, según dicen las noticias, con 57 años, a causa de cáncer del pulmón.

Feliz viaje, maestra. Nunca pude decirle en persona cuánto la admiraba, pero su música me seguirá acompañando en mis solitarias horas de escritura, como ocurre desde hace años.

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Ha muerto el trovador Santiago Feliú

Santiago Feliú y Donato Poveda, en La Habana de los años 80. Así eran ambos cuando los conocí.

Santiago Feliú y Donato Poveda, en La Habana de los años 80. Así eran ambos cuando los conocí.

Acabo de enterarme que el trovador cubano Santiago Feliú ha muerto de un infarto masivo en La Habana. Fue un amigo querido y uno de los mejores trovadores de mi generación. Recuerdo su voz, de una tesitura dulce y antigua, como la de un trovador medieval. Era un ser noble y simpático, una de esas personas a quienes la gente quiere porque no le queda otro remedio.

Lo conocí alrededor de los años 1980, cuando cantaba con el trovador Donato Poveda (que hoy vive en Miami), con quien formó el dúo más espectacular de toda una generación. Mis jornadas vespertinas para ir a escucharlos a ambos al anfiteatro del Parque Almendares, en cuyas gradas de cemento me sentaba con mis faldas de gitana hippie, rodeada de muchachos de cabellos largos, es uno de los recuerdos más preciados de mi juventud.

Descansa en paz, Santi. Siempre pensé que volveríamos a conversar algún día. Será en otra vida.

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Ha muerto Frederik Pohl (1919-2013)

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Me he levantado de madrugada, sin poder dormir, con raras imágenes en la cabeza después de haber intentado hacer mi acostumbrada meditación nocturna. Ha sido como si mi espíritu saliera del cuerpo, no hacia un lugar conocido, sino lejos de la Tierra. Pero no ha sido exactamente un desdoblamiento  –ningún out-of-the-body experience–, sino un aluvión de imágenes que sentía caer sobre mí, casi atacándome. Estaba en el espacio. Me movía entre planetas de paisajes absurdos: noches azules, cielos estrellados con franjas de nubes como auroras boreales, una civilización de gigantes con emociones incomprensibles, salones inmensos donde criaturas semejantes a dioses sumerios manipulaban jeroglíficos de oro… Imposible meditar con esas imágenes en la cabeza.

bce609a6c94e426e2d9886fd608ee135Me senté ante la computadora, movida por un impulso que violaba mis propias reglas nocturnas de no acercarme a ningún equipo electrónico por las noches. Y apenas he buscado la palabra ciencia ficción, aparece la noticia: Ha muerto Frederik Pohl. Y la noción me golpea con violencia. Se ha ido el autor de clásicos irrepetibles como Pórtico (Gateway) y Los mercaderes del espacio (The Space Merchants), que co-escribió con Cyril M. Kornbluth, dos obras que contribuyeron a solidificar una visión narrativa donde la regla más importante –y paradójica– era rebasar los límites de la imaginación sin destruir la lógica científica.  Era uno de los pocos sobrevivientes de la Edad de Oro de la ciencia ficción anglosajona, que tuvo su mejor época entre los años 30 y 50. Para quienes descubrimos el género en nuestra infancia y lo amamos desde el primer momento, Pohl era uno de los Maestros.

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Ha muerto Ángel Arango (1926-2013): pionero de la ciencia ficción en Cuba

Ángel Arango

Lo conocí hace más de treinta años. Yo era una estudiante que acababa de ganar mi primer premio literario y aún no me lo creía. Cuando me lo presentaron, casi no pude disimular mi emoción. Aquel señor de grandes e intimidantes espejuelos era el autor de “Un inesperado visitante”, un relato que me había marcado desde que lo leyera en la legendaria antología que realizara Oscar Hurtado en 1969. Contaba la historia de un Cristo extraterrestre que, usando poderes inexplicables, era capaz de alterar la materia y transformar el agua en vino o de caminar sobre las aguas. Aquel relato sigue siendo una de esas joyas narrativas que, una vez que se leen, es imposible olvidar.

Conversé con Arango innumerables veces en el transcurso de estos tres decenios. Fuimos amigos, siempre desde la respetuosa distancia que me inspiraba aquel autor casi legendario para mi generación, por tratarse de uno de los pioneros de la ciencia ficción en Cuba ―un género al que se mantuvo fiel, incluso durante el tristemente célebre Quinquenio Gris, cuando se prohibió en la isla, entre otras cosas, toda obra de arte o literaria relacionada con la fantasía. Sin embargo, pese a la cacería de brujas que se desató durante esa época y que llegó a anular y quebrantar a otros autores, Arango regresó al género cuando el velo de la prohibición comenzó a levantarse, gracias precisamente a la persistencia –a veces silenciosa, pero firme– de escritores como él.

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Neil Armstrong: el sueño de los dioses

“Creo que cada ser humano tiene un número contado de latidos. No tengo la intención de desperdiciar los míos.” Neil Armstrong

Acaba de fallecer el astronauta norteamericano Neil Armstrong, el primer hombre que pisó otro mundo aquel inolvidable mediodía (en La Habana) de 1969. Escuché todo el descenso y alunizaje a través de una emisora prohibida en Cuba, la Voz de las Américas, que entraba de manera clandestina porque se transmitía desde Estados Unidos. Fue la única estación de radio a través de la cual miles de cubanos pudimos seguir en vivo ―y con las visiones de nuestra imaginación— aquella proeza que no ha tenido paralelo hasta ahora.

Después de aquello, uno de mis tíos maternos, que vivía en New Orleans y me había dejado como herencia sus libros de astronomía cuando se marchó a Estados Unidos, pues sabía de mi pasión por el tema, me envió una postal con una foto del astronauta enfundado en su traje espacial, con ese hermoso rostro de dios griego, luminoso y cándido como un ángel extraterrestre. Aquella foto me acompañó durante toda la niñez, y luego presidió mi escritorio en la adolescencia y juventud, mientras escribía mis primeros libros de fantasía y ciencia ficción.

Fue uno de mis primeros héroes, cuya grandeza y valentía aún sigo admirando. Su hazaña alimentó los sueños de los que, desde temprana edad, ya imaginábamos el viaje a otros planetas con la misma convicción con que los antiguos creían que sus dioses eran capaces de arrebatarlos de la Tierra para llevarlos a reinos inmortales. Neil Armstrong confirmó nuestras fantasías frente a los descreídos de siempre, que consideraban el viaje a otros mundos como una posibilidad tan remota que resultaba casi irrealizable y hasta ridícula. Pero para eso han existido siempre hombres como Armstrong: para ayudarnos a mantener vivos los sueños imposibles, pese a los argumentos más «racionales», y para inspirarnos a seguir imaginando otros mayores.

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