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Proyecto Venus: una propuesta ecosocial del siglo XXI.

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Siempre existen soñadores que no se dan por vencidos ni se amilanan ante las catástrofes que se empeñan en fabricar los seres humanos. Además, resulta cada vez más evidente que el homo sapiens no ha conseguido crear una sociedad realmente armoniosa, ni pacífica. A lo largo de su historia, nunca ha vivido en medio de una paz duradera y sin tensiones, no solo entre las diversas naciones y los individuos que las componen, sino entre la propia especie humana y el resto de las que pueblan el planeta. Unos pocos países (Islandia y Finlandia, por ejemplo) resultan quizás los más cercanos a la visión de una sociedad donde impera la prosperidad y el sentido común social y político, pero se trata de contadas excepciones que tampoco se libran absolutamente de todos los males que azotan al resto del mundo.

Por si esto fuera poco, hace ya unos doscientos años que los seres humanos, tras el comienzo de la Revolución Industrial, iniciaron una carrera de extracción mineral e ingestión de recursos que ha estado destrozando literalmente el planeta. Tanto es así que la comunidad cientifica ha propuesto una nueva clasificación para esta época: la Era Antropocena (del griego anthropos, “hombre”, y kainos, “nuevo”) para sustituir el término Holocenola época más reciente del período Cuaternario, iniciada hace unos 11.000 años, cuando el homo sapiens comenzó a reinar sobre el resto de las especies, ejerciendo un enorme impacto en el ecosistema planetario. La propuesta de rebautizar la actual era geológica tomando en cuenta la influencia humana en el medio ambiente muestra la preocupación de la comunidad científica ante los cambios que el hábitat humano ha infligido sobre su entorno natural.

El desarrollo del movimiento ecologista global en los últimos 50 años ha buscado soluciones y propuestas novedosas para la industria y la economía, en un intento por minimizar o revertir los daños humanos a la naturaleza. El incremento de la vida urbana sigue siendo quizás el más violento de tales daños, sobre todo porque los remedios llegan con más lentitud que los destrozos. Sin embargo, de vez en cuando aparecen ideas completamente innovadoras que contienen múltiples soluciones para anular el impacto de la vida urbana en el planeta.

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Neil Armstrong: el sueño de los dioses

“Creo que cada ser humano tiene un número contado de latidos. No tengo la intención de desperdiciar los míos.” Neil Armstrong

Acaba de fallecer el astronauta norteamericano Neil Armstrong, el primer hombre que pisó otro mundo aquel inolvidable mediodía (en La Habana) de 1969. Escuché todo el descenso y alunizaje a través de una emisora prohibida en Cuba, la Voz de las Américas, que entraba de manera clandestina porque se transmitía desde Estados Unidos. Fue la única estación de radio a través de la cual miles de cubanos pudimos seguir en vivo ―y con las visiones de nuestra imaginación— aquella proeza que no ha tenido paralelo hasta ahora.

Después de aquello, uno de mis tíos maternos, que vivía en New Orleans y me había dejado como herencia sus libros de astronomía cuando se marchó a Estados Unidos, pues sabía de mi pasión por el tema, me envió una postal con una foto del astronauta enfundado en su traje espacial, con ese hermoso rostro de dios griego, luminoso y cándido como un ángel extraterrestre. Aquella foto me acompañó durante toda la niñez, y luego presidió mi escritorio en la adolescencia y juventud, mientras escribía mis primeros libros de fantasía y ciencia ficción.

Fue uno de mis primeros héroes, cuya grandeza y valentía aún sigo admirando. Su hazaña alimentó los sueños de los que, desde temprana edad, ya imaginábamos el viaje a otros planetas con la misma convicción con que los antiguos creían que sus dioses eran capaces de arrebatarlos de la Tierra para llevarlos a reinos inmortales. Neil Armstrong confirmó nuestras fantasías frente a los descreídos de siempre, que consideraban el viaje a otros mundos como una posibilidad tan remota que resultaba casi irrealizable y hasta ridícula. Pero para eso han existido siempre hombres como Armstrong: para ayudarnos a mantener vivos los sueños imposibles, pese a los argumentos más «racionales», y para inspirarnos a seguir imaginando otros mayores.

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En busca de la infancia perdida

hada en librosUna de las cosas que más extraño de mi niñez es esa sensación de deslumbramiento constante que encontraba en los libros. Ya fuera poesía o narrativa, historia o biografía, esas lecturas han marcado quien soy e incluso lo que escribo. Cómo el hombre se hizo gigante, de M. Ilin y E. Segal, podría ser una de las razones que me llevaron a convertir The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, de Julian Jaynes, en uno de mis libros de cabecera sobre la evolución del cerebro humano y su vínculo con la espiritualidad antigua.

Mi primer libro sobre teoría de la relatividad.

Lecturas como Astronomía Recreativa y Física Recreativa, de Y. I. Perelman, y En el País de las Maravillas, de G. Gamow (que no era precisamente para niños, sino un libro de divulgación científica sobre la teoría de la relatividad que leí decenas de veces porque se me antojaba casi un cuento de hadas), también pudieron ser la causa de que hoy tenga un estante repleto con tomos sobre física cuántica y astrofísica que van desde el paradigmático A Brief History of Time, de Stephen W. Hawking, pasando por In Search of Schrödinger’s Cat, de John Gribbin, y llegando al polémico The Holographic Universe, de Michael Talbot.

Comparto con algunos amigos esa añoranza por los libros que, siendo o no catalogados para niños, nos abrieron tempranamente las puertas a todo un panorama humano y científico, con tintes de magia, al menos para nuestra mirada infantil, deslumbrada ante un universo que empezábamos a descubrir.

Aunque los niños y los jóvenes de hoy siguen leyendo, no estoy muy segura ―a juzgar por lo que veo en las librerías y en Internet― que estén nutriéndose de los autores que más contribuirían a su vocabulario o sus conocimientos. Espero sinceramente estar equivocada. Ojalá muchos lean aún a Alejandro Dumas, Julio Verne, Lewis Carroll, Arthur Conan Doyle, Daniel Defoe, Jack London, Edgar A. Poe, Antoine de Saint-Exupery, Walter Scott, Mark Twain, H.G. Wells, y tantos otros escritores, que nunca cesaron de hechizar a los jóvenes de otras épocas.

Portada de la edición cubana (Editora Juvenil, 1966)

Y en esta lista también incluyo a divulgadores científicos como los ya mencionados, a los que poco o ningún crédito se les da en la formación y desarrollo del intelecto infantil. ¿Quién ha podido olvidar, después de leerlo, un libro como Cazadores de microbios, de Paul de Kruif? ¿O Un paseo por la casa, de M. Ilin, donde uno de enteraba desde las costumbres en la mesa durante la Edad Media hasta la historia secreta, con visos de espionaje, sobre la fabricación del espejo? Debería imponerse la moda de rendir tributo a esos científicos e historiadores que han logrado poner al alcance de los niños todo ese acervo cultural que resulta tan difícil de explicar a los adultos que no tuvieron la suerte de contar con padres o guías que los iniciaran en esas lecturas.

No es de extrañar que mi niñez pasara como un soplo. El tiempo se me iba con la cabeza metida en los libros, soñando con épocas y mundos lejanos, e imaginando qué y cómo pensarían sus personajes. Y a pesar del tiempo transcurrido, no he olvidado a todos esos autores e historias. Recuerdo, por ejemplo, los veinte tomos de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud que fui leyendo poco a poco, cada vez que mi padre me llevaba de visita a casa de un tío suyo, quien conservaba aquella edición encuadernada en cuero, de principios de siglo, en el estante inferior de un librero.

Tomo 12 (El Tesoro de la Juventud)

Acostada en el suelo, con las manos apoyadas en la barbilla, iba enterándome de las maravillas de la ciencia y la tecnología que, aunque atrasadas ya para mi época, me cautivaban de igual manera. Pero más que todo me apasionaban los cuentos de hadas, maravillosamente ilustrados con dibujos en sepia al estilo victoriano, que poseían un aire de misterio aún mayor que otras imágenes modernas. Creo que si ahora mismo me dieran la noticia de que esos tomos iban a ser publicados en versión digital, correría a comprarme un tablero de lectura, aunque ya saben los lectores que no soy precisamente fanática de ese soporte.

No he podido evitar que, de un tiempo a esta parte, toda esa nostalgia me haya llevado a reencontrarme con los clásicos de épocas pasadas, incluyendo los que conocí en mi adolescencia. Hace unos meses volví a leer Crimen y castigo, de F. Dostoyevski, que salvo unas pocas descripciones que hoy me parecen prescindibles, disfruté de nuevo. También he repasado varias obras de Shakespeare y algunos clásicos de la ciencia ficción (Ray Bradbury, Isaac Asímov, Theodore Sturgeon, Ursula K. LeGuin) que no había leído en años.

La semana pasada leí por primera vez Naná, la única novela de Emile Zola, que se me pasó entre todas las obras de este autor que se publicaron en Cuba… de lo que me alegro, porque he podido regalarme una lectura inédita y mil veces más placentera que la que me han proporcionado unos cuantos best-sellers modernos. He saboreado esas descripciones de ambientes, dibujadas con un vocabulario coloridamente decimonono, de voluptuosidad opulenta y casi rubensiana. Ha sido una delicia recuperar giros y vocablos (que hoy se han esfumado del español), gracias a una excelente traducción, como las que abundaban en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado, que contrasta con las penosas traducciones que se realizan en la actualidad, donde el vocabulario de traductores y editores ―salvo excepciones― compite con la pobreza del habla contemporánea.

Podría parecer extraño que haya mencionado ciertos títulos y autores en una reflexión sobre las lecturas de la infancia, pero fueron precisamente los clásicos infantiles los que me llevaron luego a otros más complejos. Las lecturas de la niñez son tan definitivas como los primeros cinco años de nuestras vidas. Sin ellas, difícilmente llegaremos a disfrutar luego con aquellos libros que más tarde nos mostrarán las infinitas facetas de la cultura y la lengua.

Los clásicos permanecen, aguardando quizás por nuevos lectores que prefieran ignorar esas repetitivas y predecibles historias que hoy se exponen en tantas librerías, y quieran internarse en los antiguos volúmenes que relatan conmovedoras tragedias y tramas capaces de iluminar el espíritu más apagado.

La doncella de Orleans llevada prisionera por los ingleses
(imagen tomada de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud)

Por mi parte, planeo seguir reencontrándome con los clásicos ―ya tengo en fila algunos tomos de Benito Pérez Galdós―, no solo para recordar otros ambientes y modos de ver la vida, sino también para recorrer nuevamente regiones casi olvidadas de nuestro idioma, cada día más pobre y más necesitado de una antigua y heredada sabiduría.

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Michio Kaku: Cómo será el mundo del futuro

Con su emblemática melena blanca, y tras incontables apariciones en programas de televisión, series de divulgación científica y documentales, Michio Kaku –físico norteamericano de origen japonés– es uno de los científicos más conocidos del mundo. Sus arriesgadas declaraciones futuristas y sus esfuerzos por divulgar aspectos de la tecnología y la ciencia actuales, que de otro modo quedarían fuera del alcance del público común, lo equiparan con Carl Sagan, el inolvidable escritor, astrofísico y narrador de la legendaria serie Cosmos. De hecho, Kaku ha venido a llenar el vacío que dejara su desaparecido colega.

Hace apenas un mes, el periódico español ABC  lo entrevistó con motivo de la publicación de su nuevo libro sobre predicciones científicas. ¿Cuáles de ellas serán las primeras en ocurrir? ¿Cuáles pueden verse ya en el horizonte? ¿Te atreves a hacer tus propios vaticinios?

Michio Kaku recibe a ABC en su despacho dentro del departamento de Física de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), donde imparte clases de Física Teórica. La pasión de Kaku por la ciencia nació de la rocambolesca combinación de influencias entre Flash Gordon y la muerte de Einstein. A pesar de haber dedicado su vida a la física y el estudio de la teoría de cuerdas, Kaku ha encontrado la fama como divulgador científico. En esta ocasión presenta su libro «La física del futuro», un viaje en forma de predicciones sobre el futuro de la tecnología y la ciencia hasta el amanecer del siglo XXII.

Su libro es una predicción de cómo será el mundo en el siglo próximo. ¿No es un poco pronto para una predicción así?

No. La gente que está inventando la tecnología que veremos en el futuro ya tienen prototipos. Para escribir este libro mi labor ha consistido en pedirle a esos mismos científicos que se imaginen el futuro y que me cuenten cuándo creen que estas tecnologías empezarán a aparecer en el mercado. Ellos ya tienen la tecnología y lo que hacen es proyectarla hacia el futuro. Por eso todas las predicciones que hice en «Visiones», el libro que publiqué en 1996, se cumplieron.

Una de las predicciones de las que habla es que conseguiremos reproducir artificialmente casi todos los órganos del cuerpo humano. ¿Qué pasará con el cerebro?

El cerebro es muy complicado. A corto plazo lo que haremos para rejuvenecerlo será inyectarle células madre que se le adherirán aleatoriamente. Tendremos que reaprender ciertas cosas, como montar en bicicleta, pero la ventaja es que expandirá nuestra memoria.

Si todos los órganos pudiesen ser artificiales, ajenos al malfuncionamiento o a enfermedades como el cáncer, ¿seremos inmortales?

Creo que nuestros nietos tendrán la opción de llegar a los 30 y parar el envejecimiento de sus cuerpos. Actualmente la investigación sobre el envejecimiento está dando buenos resultados. Poco a poco vamos descubriendo los genes responsables del envejecimiento. Cuando eso ocurra podremos arreglar esos genes. No voy a afirmar que tenemos la fuente de la juventud, pero ya hay muchas vías con las que conseguiremos expandir la esperanza de vida.

¿Pero podremos evitar morir?

Sí. Hay animales que no mueren de viejos, como algunos lagartos o tortugas marinas. Puede que acaben muriendo, pero no es por su edad. En zoológicos y otros entornos ideales no perecen. En su entorno natural fallecen por causas como accidentes, enfermedades o de inanición.

¿Hay alguna tecnología que según sus predicciones ya debería estar extendida, pero que aún no esté del todo desarrollada?

Para mí, una decepción ha sido la inteligencia artificial. Hay aspectos en los que hemos avanzado mucho, como en el desarrollo de máquinas con las que podemos comunicarnos; pero está siendo mucho más lento de lo que esperaba. Nuestros robots siguen sin tener conciencia ni poder pensar de manera independiente.

Durante siglos el hombre ha buscado la forma de hacer posible la telequinesia y el teletransporte. En su libro menciona que la telequinesia será un hecho pronto. ¿Qué pasa con el teletransporte?

Ya podemos teletransportar átomos y fotones, pero eso no son personas. Quizá dentro de una década consigamos teletransportar la primera molécula, como H2O o alguna similar. Pero el teletransporte real de un humano nos llevará siglos. Va a ser realmente difícil, probablemente porque somos muy grandes.

En su libro menciona que con el tiempo alcanzaremos una «civilización planetaria» capaz de aprovechar todos los recursos del planeta. ¿Es este modelo de civilización compatible con el sistema actual de países, fronteras y aduanas?

Mientras que tengamos que pagar impuestos para mantener el alcantarillado, el ejército, la Policía o cualquier otro servicio público, seguirá habiendo naciones y fronteras, pero el poder de estas naciones habrá disminuido enormemente. Veremos cómo las naciones se van quedando cada vez más obsoletas. El dinero viajará sin límites de fronteras y la política seguirá el camino del dinero formando bloques comerciales como NAFTA o la Unión Europea.

¿Cuál es el factor más decisivo a la hora de determinar el éxito o fracaso de una tecnología?

El factor esencial es el que he denominado «el principio del cavernícola». A grandes rasgos quiere decir que cualquier tecnología tendrá buena acogida si hay un paralelismo con cómo era la vida de los humanos en las cavernas. En las fogatas era donde una persona se informaba y, hoy, eso son Facebook y las redes sociales, pero multiplicado por un millón. Siempre confiaremos más en la información que nazca de la interacción humana. La explicación es que nuestra personalidad no ha cambiado desde hace más de 100.000 años.

En el año 2100 nuestros cinco sentidos estarán potenciados a través de la tecnología. ¿Si un ciudadano del siglo pasado nos viese, pensaría que somos personas o algún tipo de criatura fantástica?

Seremos como dioses. Una persona de 1900 nos vería como a un mago o a un brujo con nuestros cohetes e Internet. Pero cuando nosotros miremos a nuestros nietos, a finales de siglo, ellos serán como dioses griegos. Zeus podía mover objetos con su mente y nosotros también podremos. Venus tenía una salud y un cuerpo perfectos, y gracias a la terapia génica y al uso de recursos, como las células madre, nosotros también alcanzaremos ese nivel. Apolo podía viajar montado en carros volantes y nosotros conduciremos coches que vuelan. Pegaso era un animal que se podía crear a placer y nosotros crearemos nuevas especies y recuperaremos especies que creíamos extintas. El poder de la mente, el poder de crear vida, la longevidad… Tendremos todos los poderes propios de los dioses.

Usted ha afirmado que siente una especie de asombro infantil cada vez que reflexiona sobre el futuro. ¿Qué hay que hacer para que los niños se interesen por la ciencia y conseguir que alguien recoja el legado?

Todos nacemos científicos, preguntándonos por el universo, siendo curiosos. Cuando tenemos 10 años comenzamos a explorar, vamos al planetario, jugamos a los laboratorios. Pero eso va desapareciendo según entramos en la adolescencia. El presidente Barack Obama habló del «momento Sputnik», un instante en la Historia en el que el interés de la gente joven por la ciencia coge fuerzas. Yo tuve un «momento Sputnik» con el Sputnik. Entonces la gente me decía que mi deber era convertirte en un hombre de ciencia. Pero eso ya no existe. Hoy los mejores científicos proceden de China e India, mientras los americanos malgastan su tiempo en YouTube, bailando y pasándoselo bien.

Si en el futuro todo el conocimiento que necesitamos estará a un clic de distancia o podrá ser insertado en nuestros cerebros, al estilo «Mátrix», ¿para qué habrá que ir a la Universidad?

Pronto con pestañear tendremos acceso a toda la información sobre lo que estamos viendo gracias a nuestras lentillas. Pero cómo pensar, cómo crear estrategias y nuevas metas, eso seguirá requiriendo las habilidades que sólo un tutor, un ser humano, podrá transmitir. Y para eso habrá que seguir yendo a la universidad. La gente seguirá pagando por la interacción con los expertos que nos podrán enseñar a utilizar todas las herramientas a nuestra disposición.

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