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Buscando vida inteligente

Llegué de viaje y tengo muchísimo trabajo —debo terminar de revisar una novela y continuar otra—, pero no quiero que pase el tiempo sin hacer un recuento (para quienes me han preguntado) sobre qué se discutió y de qué hablamos los escritores, fans y científicos que nos reunimos del 6 al 9 de julio, en San Juan (Puerto Rico), durante la 12a NASFIC (Convención de Ciencia Ficción Norteamericana) o NorthAmeriCon, donde participé en varios paneles, como invitada de honor al evento, y en otros como simple espectadora.

En comparación con los simposios literarios tradicionales, las convenciones de ciencia ficción suelen ser más informales, pero yo diría que más intensas, porque uno puede tropezar a cada paso con científicos brillantes o especialistas en tecnologías de vanguardia (sí, esas que parecen ciencia ficción incluso para un escritor de ciencia ficción) que discuten sobre temas de bioingeniería, mecánica cuántica o especies alienígenas.

En términos personales, la atmósfera general que experimenté en esa convención fue absolutamente curativa. En un lugar así uno se reconcilia con la inteligencia humana, la armonía universal y el éxtasis que significa intercambiar ideas en un ambiente de libertad imaginativa que me gustaría vivir de manera cotidiana y permanente. Decir que una inmersión en ese oasis científico-literario ha sido como viajar a una de esas utopías como las que siempre soñé, sería insuficiente para describir el estado de brainstorming incesante que se respiraba a cada paso. Trataré de explicar por qué.

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Neil Armstrong: el sueño de los dioses

“Creo que cada ser humano tiene un número contado de latidos. No tengo la intención de desperdiciar los míos.” Neil Armstrong

Acaba de fallecer el astronauta norteamericano Neil Armstrong, el primer hombre que pisó otro mundo aquel inolvidable mediodía (en La Habana) de 1969. Escuché todo el descenso y alunizaje a través de una emisora prohibida en Cuba, la Voz de las Américas, que entraba de manera clandestina porque se transmitía desde Estados Unidos. Fue la única estación de radio a través de la cual miles de cubanos pudimos seguir en vivo ―y con las visiones de nuestra imaginación— aquella proeza que no ha tenido paralelo hasta ahora.

Después de aquello, uno de mis tíos maternos, que vivía en New Orleans y me había dejado como herencia sus libros de astronomía cuando se marchó a Estados Unidos, pues sabía de mi pasión por el tema, me envió una postal con una foto del astronauta enfundado en su traje espacial, con ese hermoso rostro de dios griego, luminoso y cándido como un ángel extraterrestre. Aquella foto me acompañó durante toda la niñez, y luego presidió mi escritorio en la adolescencia y juventud, mientras escribía mis primeros libros de fantasía y ciencia ficción.

Fue uno de mis primeros héroes, cuya grandeza y valentía aún sigo admirando. Su hazaña alimentó los sueños de los que, desde temprana edad, ya imaginábamos el viaje a otros planetas con la misma convicción con que los antiguos creían que sus dioses eran capaces de arrebatarlos de la Tierra para llevarlos a reinos inmortales. Neil Armstrong confirmó nuestras fantasías frente a los descreídos de siempre, que consideraban el viaje a otros mundos como una posibilidad tan remota que resultaba casi irrealizable y hasta ridícula. Pero para eso han existido siempre hombres como Armstrong: para ayudarnos a mantener vivos los sueños imposibles, pese a los argumentos más «racionales», y para inspirarnos a seguir imaginando otros mayores.

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En busca de la infancia perdida

hada en librosUna de las cosas que más extraño de mi niñez es esa sensación de deslumbramiento constante que encontraba en los libros. Ya fuera poesía o narrativa, historia o biografía, esas lecturas han marcado quien soy e incluso lo que escribo. Cómo el hombre se hizo gigante, de M. Ilin y E. Segal, podría ser una de las razones que me llevaron a convertir The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, de Julian Jaynes, en uno de mis libros de cabecera sobre la evolución del cerebro humano y su vínculo con la espiritualidad antigua.

Mi primer libro sobre teoría de la relatividad.

Lecturas como Astronomía Recreativa y Física Recreativa, de Y. I. Perelman, y En el País de las Maravillas, de G. Gamow (que no era precisamente para niños, sino un libro de divulgación científica sobre la teoría de la relatividad que leí decenas de veces porque se me antojaba casi un cuento de hadas), también pudieron ser la causa de que hoy tenga un estante repleto con tomos sobre física cuántica y astrofísica que van desde el paradigmático A Brief History of Time, de Stephen W. Hawking, pasando por In Search of Schrödinger’s Cat, de John Gribbin, y llegando al polémico The Holographic Universe, de Michael Talbot.

Comparto con algunos amigos esa añoranza por los libros que, siendo o no catalogados para niños, nos abrieron tempranamente las puertas a todo un panorama humano y científico, con tintes de magia, al menos para nuestra mirada infantil, deslumbrada ante un universo que empezábamos a descubrir.

Aunque los niños y los jóvenes de hoy siguen leyendo, no estoy muy segura ―a juzgar por lo que veo en las librerías y en Internet― que estén nutriéndose de los autores que más contribuirían a su vocabulario o sus conocimientos. Espero sinceramente estar equivocada. Ojalá muchos lean aún a Alejandro Dumas, Julio Verne, Lewis Carroll, Arthur Conan Doyle, Daniel Defoe, Jack London, Edgar A. Poe, Antoine de Saint-Exupery, Walter Scott, Mark Twain, H.G. Wells, y tantos otros escritores, que nunca cesaron de hechizar a los jóvenes de otras épocas.

Portada de la edición cubana (Editora Juvenil, 1966)

Y en esta lista también incluyo a divulgadores científicos como los ya mencionados, a los que poco o ningún crédito se les da en la formación y desarrollo del intelecto infantil. ¿Quién ha podido olvidar, después de leerlo, un libro como Cazadores de microbios, de Paul de Kruif? ¿O Un paseo por la casa, de M. Ilin, donde uno de enteraba desde las costumbres en la mesa durante la Edad Media hasta la historia secreta, con visos de espionaje, sobre la fabricación del espejo? Debería imponerse la moda de rendir tributo a esos científicos e historiadores que han logrado poner al alcance de los niños todo ese acervo cultural que resulta tan difícil de explicar a los adultos que no tuvieron la suerte de contar con padres o guías que los iniciaran en esas lecturas.

No es de extrañar que mi niñez pasara como un soplo. El tiempo se me iba con la cabeza metida en los libros, soñando con épocas y mundos lejanos, e imaginando qué y cómo pensarían sus personajes. Y a pesar del tiempo transcurrido, no he olvidado a todos esos autores e historias. Recuerdo, por ejemplo, los veinte tomos de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud que fui leyendo poco a poco, cada vez que mi padre me llevaba de visita a casa de un tío suyo, quien conservaba aquella edición encuadernada en cuero, de principios de siglo, en el estante inferior de un librero.

Tomo 12 (El Tesoro de la Juventud)

Acostada en el suelo, con las manos apoyadas en la barbilla, iba enterándome de las maravillas de la ciencia y la tecnología que, aunque atrasadas ya para mi época, me cautivaban de igual manera. Pero más que todo me apasionaban los cuentos de hadas, maravillosamente ilustrados con dibujos en sepia al estilo victoriano, que poseían un aire de misterio aún mayor que otras imágenes modernas. Creo que si ahora mismo me dieran la noticia de que esos tomos iban a ser publicados en versión digital, correría a comprarme un tablero de lectura, aunque ya saben los lectores que no soy precisamente fanática de ese soporte.

No he podido evitar que, de un tiempo a esta parte, toda esa nostalgia me haya llevado a reencontrarme con los clásicos de épocas pasadas, incluyendo los que conocí en mi adolescencia. Hace unos meses volví a leer Crimen y castigo, de F. Dostoyevski, que salvo unas pocas descripciones que hoy me parecen prescindibles, disfruté de nuevo. También he repasado varias obras de Shakespeare y algunos clásicos de la ciencia ficción (Ray Bradbury, Isaac Asímov, Theodore Sturgeon, Ursula K. LeGuin) que no había leído en años.

La semana pasada leí por primera vez Naná, la única novela de Emile Zola, que se me pasó entre todas las obras de este autor que se publicaron en Cuba… de lo que me alegro, porque he podido regalarme una lectura inédita y mil veces más placentera que la que me han proporcionado unos cuantos best-sellers modernos. He saboreado esas descripciones de ambientes, dibujadas con un vocabulario coloridamente decimonono, de voluptuosidad opulenta y casi rubensiana. Ha sido una delicia recuperar giros y vocablos (que hoy se han esfumado del español), gracias a una excelente traducción, como las que abundaban en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado, que contrasta con las penosas traducciones que se realizan en la actualidad, donde el vocabulario de traductores y editores ―salvo excepciones― compite con la pobreza del habla contemporánea.

Podría parecer extraño que haya mencionado ciertos títulos y autores en una reflexión sobre las lecturas de la infancia, pero fueron precisamente los clásicos infantiles los que me llevaron luego a otros más complejos. Las lecturas de la niñez son tan definitivas como los primeros cinco años de nuestras vidas. Sin ellas, difícilmente llegaremos a disfrutar luego con aquellos libros que más tarde nos mostrarán las infinitas facetas de la cultura y la lengua.

Los clásicos permanecen, aguardando quizás por nuevos lectores que prefieran ignorar esas repetitivas y predecibles historias que hoy se exponen en tantas librerías, y quieran internarse en los antiguos volúmenes que relatan conmovedoras tragedias y tramas capaces de iluminar el espíritu más apagado.

La doncella de Orleans llevada prisionera por los ingleses
(imagen tomada de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud)

Por mi parte, planeo seguir reencontrándome con los clásicos ―ya tengo en fila algunos tomos de Benito Pérez Galdós―, no solo para recordar otros ambientes y modos de ver la vida, sino también para recorrer nuevamente regiones casi olvidadas de nuestro idioma, cada día más pobre y más necesitado de una antigua y heredada sabiduría.

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