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¿Por qué no me gustan los e-books?

Uno de los mayores debates en estos tiempos ha sido la repentina revolución digital de nuestra cultura que ha irrumpido en un sector que se había mantenido casi estático desde hace cinco siglos. Con la excepción de algunas mejoras en el diseño, tipos de papel y tipografía de letras, el libro se había mantenido como una estructura básicamente igual desde los tiempos de Guttenberg, con tan escasas variaciones que se trata de un objeto fácilmente identificable, lo mismo si fue impreso en el siglo XV que en el XXI. Ahora, la revolución digital ha traído un concepto nuevo en el diseño y manipulación del libro: una pantalla del tamaño de una hoja de papel, capaz de almacenar en su interior una biblioteca completa: el e-book o e-reader.

Dicho así, de pronto, la idea resulta maravillosa. Es el sueño de cualquier lector obsesivo como yo. ¿Cuántas veces no tenemos que revisar nuestros libreros para deshacernos de los libros que leímos una vez y que ya no nos interesan, para dejar espacio a aquellos que atesoramos y de los cuales no queremos desprendernos? Almacenar miles de libros en un objeto que pesa unas onzas es algo que solo pudieron soñar los escritores de ciencia ficción.

El único problema del e-book es… que no es un libro. Al menos, como yo lo entiendo. Para empezar, uno no puede marcar, subrayar o comentar a gusto en los márgenes, usando lápices o plumas de colores. Por otro lado, cuesta mucho trabajo llegar a una página específica. Suelo tener una memoria eidética en lo que concierne a letras, y recuerdo muy bien por dónde estaba algo que leí y quiero repasar. Pero con el e-book, las páginas virtuales no funcionan igual que con un libro común. Se demoran mucho en pasar y no es posible manipularlo del mismo modo que un libro, en el que uno puede saltar de la página 300 a la 15 con apenas un leve gesto de los dedos. Con el e-book tampoco es posible tener varios libros abiertos a la vez mientras se hacen cotejos de datos para una investigación. Por cierto, hay estudios que demuestran que la nueva generación que se apoya demasiado en las búsquedas digitales, ya sea por Internet o usando e-books, está perdiendo conexiones neuronales que son necesarias para la memoria y la concentración.

Pero lo peor no es eso. No tengo dudas de que la mayoría de ustedes conservan libros que los han acompañado desde hace muchos años, posiblemente desde la infancia. Tal vez incluso tengan algunos que fueron de sus padres y de sus abuelos, como es mi caso. Varios de mis libros conservan la firma o las anotaciones al margen que hiciera mi madre, ya fallecida; otros muestran los apuntes que yo misma hice en ellos cuando era niña o adolescente… En mi biblioteca hay libros que tienen casi un siglo. ¿Alguien puede creer que, en este mundo donde cada año el mercado lanza nuevos equipos que obligan a desechar los viejos, alguien podrá conservar un e-book lleno de apuntes y marcas por más de cinco años? Lo dudo. Un e-book es un objeto efímero. Un libro es para siempre.

Un e-book es un objeto efímero. Un libro es para siempre

No sé si el libro de papel desaparecerá pronto o algún día. O si permanecerá como una opción diferente de lectura. No sé tampoco si alguna vez me decidiré a comprar un iPad, aunque sólo sea para cargar con varios libros durante un viaje. Pero espero morir teniendo, como ahora, una biblioteca donde pueda hallar cualquiera de mis libros, de una sola ojeada, sin tener que encender un equipo electrónico. Tal vez sean manías personales, pero mientras escribo me gusta tener cerca los libros que han pasado por las manos de mis padres, de mis abuelos y de la adolescente soñadora que fui en otra época. Es reconfortante tener frente a mí las historias que he aprendido a amar a lo largo de mi vida y que me recuerdan, con solo repasar los títulos y los nombres de sus autores, que estoy en la mejor compañía del mundo.

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