
Una de las peores consecuencias de la masificación literaria que ha posibilitado que tantos escritores improvisados publiquen textos mal pensados y peor escritos, llenos de lugares comunes, es que temas tradicionalmente interesantes han quedado desprestigiados, dañados, envilecidos, contaminados, denigrados, abaratados —y pudiera seguir añadiendo epítetos— para los lectores que buscan argumentos auténticamente originales.
Uno de esos temas es el vampirismo. Tras la aparición de aquellas fabulosas ficciones decimononas de John William Polidori, Sheridan Le Fanu, Bram Stoker, Alexei K. Tolstoi, y otros autores posteriores hasta llegar a finales del siglo XX, que enriquecieron el mito, una vez que se inició la autopublicación digital y se trivializó la esencia de su metáfora, el vampiro se convirtió en una de las figuras más banalizadas por la comercialización seudoliteraria, hasta el punto en que muchos lectores que antes amábamos ese tipo de historias góticas dejamos de buscarlas.
Desde hace tiempo me pregunto por qué se sigue dividiendo la buena literatura en categorías que separan y restan —en lugar de unir y sumar— a sus posibles lectores. Y lo digo porque cada vez encuentro más apasionantes esos libros que llevan el sello de JUVENIL cuando los comparo con otros que son supuestamente para adultos.
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