Hace poco, un amigo escritor que regresó de El Salvador, donde dio varias conferencias, me confesó con asombro que casi todos los escritores del grupo, sumamente jóvenes, estaban interesados en escribir ciencia ficción y fantasía. A menudo, escritores de diferentes países me contactan por email, o a través de mis páginas en Facebook y Twitter para comentarme que han publicado o están escribiendo obras relacionadas con el género. Es como si estuviera ocurriendo un renacimiento del tema en el mundo hispanohablante. Y esto viene a colación porque hace un par de días me escribió Víctor Vila, administrador del Portal Ciencia y Ficción, con sede en España, quien tuvo la amabilidad de enviarme un enlace al primer número de la revista digital que lleva el nombre de ese sitio.
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Primer número de «Portal Ciencia y Ficción»: nueva revista digital española
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Ha muerto Ángel Arango (1926-2013): pionero de la ciencia ficción en Cuba
Lo conocí hace más de treinta años. Yo era una estudiante que acababa de ganar mi primer premio literario y aún no me lo creía. Cuando me lo presentaron, casi no pude disimular mi emoción. Aquel señor de grandes e intimidantes espejuelos era el autor de “Un inesperado visitante”, un relato que me había marcado desde que lo leyera en la legendaria antología que realizara Oscar Hurtado en 1969. Contaba la historia de un Cristo extraterrestre que, usando poderes inexplicables, era capaz de alterar la materia y transformar el agua en vino o de caminar sobre las aguas. Aquel relato sigue siendo una de esas joyas narrativas que, una vez que se leen, es imposible olvidar.
Conversé con Arango innumerables veces en el transcurso de estos tres decenios. Fuimos amigos, siempre desde la respetuosa distancia que me inspiraba aquel autor casi legendario para mi generación, por tratarse de uno de los pioneros de la ciencia ficción en Cuba ―un género al que se mantuvo fiel, incluso durante el tristemente célebre Quinquenio Gris, cuando se prohibió en la isla, entre otras cosas, toda obra de arte o literaria relacionada con la fantasía. Sin embargo, pese a la cacería de brujas que se desató durante esa época y que llegó a anular y quebrantar a otros autores, Arango regresó al género cuando el velo de la prohibición comenzó a levantarse, gracias precisamente a la persistencia –a veces silenciosa, pero firme– de escritores como él.
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Korad 9 y 10: Exploración de nuevos territorios desde la perspectiva de la CF cubana
Hace varias semanas me llegaron los números 9 y 10 del fanzine digital cubano Korad, que ahora comparto con los lectores.
El número 9 se inicia con una crónica del evento Espacio Abierto 2012, escrita por Yoss. Se trata de un recuento muy detallado que agradecemos quienes no pudimos estar allí. En el evento se realizaron mesas redondas, conferencias ilustradas con proyecciones, presentaciones de libros, juegos competitivos de conocimientos y proyecciones fílmicas, entre otras muchas actividades imaginativas y lúdicas… como es de esperar en un evento organizado por escritores que ejercitan continuamente su fantasía. El número incluye las actas de premiación del concurso Oscar Hurtado, así como los textos premiados. Cabe destacar la calidad de las ilustraciones de diversos artistas cubanos y de otras nacionalidades, entre ellos, Mario C. Carper, Maykel Fajardo, Guillermo Enrique Vidal, Humver y otros, que acompañan esos textos. La sección de artes plásticas está dedicada al escritor y pintor José Luis Fariñas, del cual se incluyen un cuento y diversas muestras de su obra gráfica. La imagen de la portada también pertenece a este artista. Completan el número varias reseñas, la sección de humor y convocatorias a próximos concursos.
Especialmente interesante me pareció el ensayo «El reto digital», de Victoria Isabel Pérez, que hace un análisis acerca de los cambios y desafíos que trae la tecnología digital para la industria literaria, los lectores y los propios escritores. Buena la idea la de incluir entre las notas de referencia algunos enlaces directos a Internet ―algo que no suele verse en la isla por razones obvias.
Tres ensayos sobresalen en el número 10. El primero, de Rinaldo Acosta, se titula «No para todos los gustos. Posiciones y debates en torno a la ciencia ficción dura». Acosta realiza un buen balance de los problemas y elementos inherentes al subgénero y abre una brecha intencional a un debate más amplio.
Otro excelente texto es «La biología en la construcción de mundos: Biota realista, prehistórica y fantástica en Canción de Hielo y Fuego«, de Carlos Duarte, quien realiza una minuciosa exploración sobre el montaje coherente de universos fantásticos. Tomando como base la serie de George R.R. Martin, Duarte disecciona los métodos y elementos empleados por ese autor para conseguir un mundo donde se combinan organismos reales y míticos de manera consistente.
Por otro lado, el ensayo de Javier de la Torre, «La ciencia ficción en Cuba y la etapa del quinquenio gris», explora este período de triste memoria para la cultura cubana, esta vez analizando su incidencia sobre los géneros fantásticos en la isla.
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Cómics fantásticos en Cuba: un arte gráfico que se niega a morir
En las últimas semanas me han llegado varios materiales procedentes de la isla, relacionados con la ciencia ficción y la fantasía, que he estado leyendo poco a poco. Uno de ellos ha sido el número 3 del fanzine Cuenta regresiva, que me envió Leo Galech, a quien agradezco que me mantenga al tanto de esa publicación digital. La nueva edición está dedicada al arte del cómic o historieta. Gran parte de sus textos fue recopilada de conferencias y charlas efectuadas durante el último festival Behique, celebrado en La Habana, concebido principalmente para el público de la isla. Eso explica que muchos artículos se concentren en explicar el desarrollo y las corrientes del género en otras regiones del mundo a lectores que no tienen acceso a Internet, donde esta información resulta accesible.
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Ha muerto Ray Bradbury, Maestro de Maestros
Acaba de salir la noticia en las redes, y el mundo del arte y la literatura, de la ciencia y la tecnología, de los visionarios y los soñadores más audaces, se visten de luto. Ayer martes 5 de junio, en horas de la noche, según confirmara su hija Alexandra, murió su padre Ray Bradbury, autor de las obras más representativas de la ciencia ficción mundial. Tenía 91 años de edad.
«Su monumental legado vive en sus libros, películas, series de televisión y obras de teatro», dijo su nieto Danny Karapetian. «Pero más importante aún, en las mentes y los corazones de todos los que lo leyeron, porque leerlo era conocerlo. Influyó a tantos artistas, escritores, maestros y científicos, que siempre es conmovedor y reconfortante escuchar esas historias».
Sus dos obras cumbres, Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, han quedado como íconos de la imaginación y de la previsión sobre el futuro.
Crónicas marcianas, publicada en 1950, es un conjunto de relatos que forman el cuerpo de una misma historia. La trama gira en torno a la conquista humana del planeta Marte, donde una pacífica civilización termina siendo un moribundo y fantasmagórico recuerdo, destruida por la avaricia, la banalidad y la incultura de los exploradores. El libro es una denuncia poética contra la intolerancia y la colonización deshumanizada, contra el racismo y la estupidez humana.
Fahrenheit 451, publicado en 1953, retrata una sociedad en la que los libros son prohibidos e incinerados. Es un temible recordatorio de las piras de libros llevadas a cabo por la Inquisición católica, más tarde por los nazis, e incluso hoy por sociedades totalitarias y dictatoriales que siguen prohibiendo y destruyendo libros «políticamente incorrectos» para sus intereses de control de las masas.
La novela, cuyo título surge de la temperatura a la que arde el papel, también ha resultado ser terriblemente profética. Los personajes se han vuelto adictos a las telenovelas y a la televisión en general, mientras usan unos pequeños audífonos con los que escuchan música y noticias todo el tiempo.
Durante muchos años, Bradbury intentó evitar que su obra fuera publicada en forma de e-books. En una entrevista al New York Times dijo que los libros electrónicos «olían a combustible quemado» y calificó a Internet de «distracción inútil», añadiendo: «No le veo el sentido, no es real. Es algo que está en el aire».
Muchos criticaron su postura anti-tecnológica, algo aparentemente contradictorio para un escritor de ciencia ficción. Pero la explicación es simple: son precisamente escritores como él quienes más han advertido contra el mal uso de las tecnologías que, muchas veces, terminan deshumanizando la sociedad y alejándola de sus orígenes naturales, cuando debería existir un equilibrio entre ambas opciones. No fue sino hasta el año pasado que, convencido por su agente de que los nuevos contratos no aceptarían una reimpresión en papel si no se incluía también la opción del e-book, que aceptó… y supongo que a regañadientes.
Con sólo 3 años, ya había decidido ser escritor. Fue un lector compulsivo que siempre reconoció y agradeció otras influencias: «Me enseñó Shakespeare, me enseñó Julio Verne. Edgar Allan Poe me dijo que escribiera. Edgar Rice Burroughs y John Carter de Marte… H. G. Wells y El hombre invisible. Los grandes nombres fueron mi influencia y con ellos nunca necesité más consejo».
Con la muerte de Ray Bradbury, se cierra una época de oro para la ciencia ficción y para toda esa literatura cuyos pilares son la imaginación, la poesía y el humanismo. En un mundo cada día más violento, que pide a gritos una reforma del pensamiento social, económico y político a escala mundial, la impronta de escritores como él, que se rebelaron contra el modus vivendi y denunciaron las inmoralidades sociales y ecológicas del mundo en que vivimos, debería quedar como uno de los senderos rescatables del arte contemporáneo.
De cualquier modo, quienes crecimos leyéndolo y atesorando sus libros, volveremos una y otra vez a sus páginas. Cuando era adolescente, me aprendí de memoria párrafos enteros de sus Crónicas marcianas. Y si alguna vez ocurriera la terrible catástrofe temida por su autor –la desaparición total de los libros– me alegraré de haber seguido el ejemplo de los personajes de Fahrenheit 451, que guardaban en sus memorias bibliotecas completas de obras desaparecidas. Sé que al menos podré sentarme bajo el sol de algún atardecer y recitar de memoria esos pasajes que jamás he olvidado: «Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa con columnas de cristal….»
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