Feliz Día de la Tierra (Oración personal)

Salve amorosa Madre, protectora Gaia, milagrosa Pachamama.

Quienes algún día volveremos a ser parte de ti, te saludamos.

Perdona a mis hermanos que destruyen al resto de tus criaturas, a esos que cazan animales sin misericordia y que destruyen tus bosques, que son parte del hábitat global que nos mantiene vivos. No saben que extinguiendo a tus otros hijos, también corren peligro de extinguir los suyos.

Perdónalos, Madre, porque no saben lo que hacen.

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El gen literario de Tolkien y Dickens

El nieto del creador de «El señor de los anillos» y el tataranieto del autor de «Oliver Twist» colaborarán en un libro para niños.

J.R.R. Tolkien y Charles Dickens

Un nieto de J. R. R. Tolkien y un descendiente de Charles Dickens han anunciado su intención de colaborar en dos nuevos libros de literatura fantástica para niños.

Según recoge la edición digital de la BBC, el poeta Michael Tolkien, el mayor de los nietos del autor de «El Hobbit», escribirá dos novelas basadas en las historias que su abuelo solía leerle cuando era niño. Asimismo, Gerald Dickens, tataranieto de Dickens, se encargará de las narraciones de los audiolibros de Michael.

Las obras en las que se unirán los talentos literarios de Tolkien y Dickens verán la luz a finales de este año. Según la editorial Thames River Press, el primer libro, titulado «Wish», se inspira en «The Rose-Coloured Wish», historia escrita por Florence Bone en 1923. Narra la historia de dos niños que usan un hechizo para salvar su valle, pero terminan metiéndose en numeroso problemas.

Michael Tolkien escuchó la historia por primera vez entre 1940 y 1950, siendo niño, y años después se la contó a sus propios hijos. Según la BBC, el nieto de Tolkien decidió rendir homenaje a la historia «recreando el espíritu original en un nuevo envoltorio».

El segundo libro, que lleva por nombre «Rainbow», se basa en la novela «The Other Side of the Rainbowis», escrita en 1910.

Tomado de noticia publicada en ABC.

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Enciclopedia Británica deja de editarse en papel

Acabo de enterarme que la famosa y casi mítica Enciclopedia Británica, el non plus ultra de la información académica y confiable durante 224 años, dejará de publicar sus voluminosos tomos en papel. La última edición impresa fue en 2010, con 32 tomos. En lo adelante, los interesados en consultarla podrán hacerlo en su nuevo sitio Web.

Su modo de uso recuerda el formato de Wikipedia, aunque sus editores afirman que la diferencia está en que la confiabilidad de la Británica es superior. El único inconveniente es que para tener acceso completo habrá que pagar 69.95 dólares al año. La actualización de contenidos será cada dos semanas.

La edición online de la Enciclopedia Británica tiene miles de artículos que no figuraban en la edición impresa. Habrá un listado de referencias y enlaces a otros lugares de Internet que serán seleccionados y revisados por los editores y dará acceso a artículos de las revistas más importantes y a datos estadísticos actualizados sobre cada país del mundo, así como acceso al diccionario Merriam-Webster, con más de 225.000 entradas. Por último, la nueva Británica online permitirá ver imágenes de multimedia como vídeos, audios y gráficos interactivos –algo de lo que carecía la edición tradicional.

Esta capacidad de ofrecer información a través de Internet es una de las grandes ventajas de la era digital. Y aunque en un artículo anterior (¿Por qué no me gustan los e-books?) había expresado mi preferencia por los libros de papel, en el caso de los portales para consultar datos prefiero la información digitalizada. Es un ahorro de papel, espacio y tiempo considerables.

Ahora bien, no sé cuánta gente esté dispuesta a pagar por esa suscripción anual. No es mucho dinero, pero dadas las condiciones económicas de buena parte del mundo, no me parece que –excepto instituciones o unos pocos centenares o miles de individuos– muchos se sumen a esa opción. Espero que, en un futuro, el portal decida admitir anunciantes que costeen el sitio y obtengan de ese modo las ganancias apropiadas para mantenerlo. Con la cantidad de visitantes que tendrán, sospecho que no sería difícil conseguirlo. Sería la solución ideal para que los lectores no tuviéramos que pagar por acceder a sus páginas.

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Gatos con alma

Este fin de semana viví una de esas pequeñas tragedias que forman la vida. Me pregunté por qué tuvo que ocurrir, pues siempre intento encontrar una enseñanza en esos acontecimientos a los que mucha gente, erróneamente, pide explicaciones a Dios, cuando sólo se trata de aprendizajes. Y es bueno hacerlo, porque en ese aprendizaje encontramos la paz espiritual que el mundo a veces nos niega.

Esto fue lo que ocurrió. El sábado por la tarde, cuando salía de visitar a mi hermana, escuché los chillidos lastimeros de un gatito recién nacido. Busqué entre la hierba y allí, como un gusanito lleno de fango y completamente mojado, había un minino casi microscópico, con el cordón umbilical aún colgando de su pancita. Por supuesto, tenía los ojos cerrados y ni siquiera podía hacer sus necesidades. Los gatos recién nacidos son incapaces de eso. Es la madre quien debe lamerlos para estimular el flujo de desechos durante los primeros días. Aun sabiendo eso, me lo llevé a casa porque no tuve corazón para dejarlo allí.

Lo ocurrido durante las horas que pasó conmigo está relatado en mi página de Facebook. Decenas de amigos dejaron sus consejos allí. Mi propia hermana me advirtió lo difícil que era que el animalito sobreviviera si su madre lo había abandonado, posiblemente a propósito. En efecto, a veces las madres saben cuál de sus pequeños no tiene posibilidades de sobrevivir, porque ya vienen enfermos o demasiado débiles. Esa es la única razón por la que a veces los desechan. Pero pensé que quizás este no fuera el caso. Quizás simplemente se había perdido.

Durante la noche, apenas dormí. Tenía que levantarme cada dos horas para alimentarlo. Había comprado leche especial para bebés gatos. El biberón no sirvió. Así es que acudí al tradicional gotero. Después de alimentarlo, tenía que mojar un algodón con agua tibia, exprimirlo bien para que sólo quedara húmedo, y pasarlo suavemente varias veces por sus orificios para que pudiera desahogarse. Luego lo envolvía bien, pero aún así me daba cuenta de que tenía frío. Los gatitos recién nacidos no tienen calor corporal. Dependen de su madre para ello.

Lo coloqué en una caja a los pies de mi cama, pero seguía chillando. A las cuatro de la mañana me lo llevé a la cama, temiendo aplastarlo mientras dormía, porque soy de esas durmientes que da miles de vueltas toda la noche. Pero es evidente que el instinto materno con que nos dota la Naturaleza es sabio. Me había puesto de lado, colocando la toalla donde estaba envuelto junto a mi pecho, para darle calor y para que sintiera los latidos del corazón, porque eso los calma. Cuando abrí los ojos, a las once y media de la mañana, yo estaba en la misma posición en que me había finalmente dormido. ¡No me había movido ni un centímetro!

El día continuó sin incidentes. Sin embargo, por la tarde el comportamiento del gatito comenzó a cambiar. Ya no chillaba como antes ni quería leche. A eso de las ocho de la noche descubrí que estaba dejando manchitas rosadas de saliva sobre la toalla. Sangraba por la boca. Noté también que temblaba espasmódicamente, como si tuviera convulsiones. Me asusté mucho. Calenté en el microondas más paños y lo abrigué más. Traté de alimentarlo otra vez, pero no quería. Un poco angustiada, sin saber qué hacer, me senté frente al televisor unos minutos, con el cajón a un lado. De pronto me levanté como un resorte y me asomé al cajón. No respiraba. Lo toqué y estaba aún tibio. Las patitas y la cabecita se movían como las de un muñeco, pero sin vida. Me di cuenta de que acababa de morir.

No sé por qué me trastorné tanto. Empecé a llorar sin parar. Llamé a mi hermana, pero casi no podía hablar. Como ella me conoce bien, me dijo las cosas necesarias para que me calmara y me pidió que lo sacara de mi vista (yo aún lo tenía cargado mientras hablaba con ella), pero no pude arrojarlo en cualquier sitio.

Esperé a que fuera bien tarde y me metí entre unos matorrales que hay debajo de la ventana de mi dormitorio. Allí hay un árbol que me gusta mucho. Es lo primero que veo cada mañana al asomarme y he establecido una especie de conexión con él. Traté de abrir un hueco a sus pies, con un cuchillo de mesa, pero no me sirvió. Terminé usando las manos y las uñas.

Cuando dejé el gatito en el hueco, no dije ninguna oración. Solo le hablé bajito, como si lo hiciera con un bebé, y me despedí de él. Terminé de apisonar la tierra y le puse un ladrillo encima para marcar el lugar de su tumba y poder enviar mis bendiciones a su pequeña alma, donde quiera que esté, cada vez que abra las cortinas por las mañanas y vea el sitio donde están sus restos.

Mientras estaba allí, echando tierra sobre el cadáver y moqueando de nuevo, se me acercó uno de los gatos a los que les doy comida por las noches. Es un macho gris plata, muy bonito y cariñoso. Vino a olisquear, curioso. Lo rechacé, me sequé las lágrimas y entré. Cuando regresé con su comida, estaba allí esperándome, junto a otro gato negro que antes se mostraba muy arisco, pero que se ha acostumbrado a mí. Les puse la comida en el rincón de siempre, los acaricié y, sintiéndome algo más aliviada, entré.

Me doy cuenta de que esta historia es apenas un grano de arena en medio de la inmensidad de tragedias humanas que ocurren cada día. Pero la presencia de esos dos gatos sirvió para recordarme que la vida continúa, pese a las pérdidas. Y es que mientras acunaba el cadáver del gatito muerto, también recordaba a mi madre, a quien no pude acompañar a su tumba en Cuba, a mis abuelos, a algunos amigos y a los amores a quienes se llevó una muerte temprana. Sin embargo, deberíamos honrar y recordar cada minuto a los que siguen vivos. Comprendí que esa era la enseñanza de esta pequeña tragedia. La vida, después de todo, sigue siendo bella en este plano emocional en que vivimos. Y aunque a veces lo olvidemos, el pequeño milagro de un hocico húmedo y felino puede hacernos recordar que debemos seguir dando todo el amor posible a los seres queridos que aún nos acompañan –ya sean familares, amigos o incluso amistades virtuales– y que también nos aman tan incondicionalmente como gatos sin dueño.

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Michio Kaku: Cómo será el mundo del futuro

Con su emblemática melena blanca, y tras incontables apariciones en programas de televisión, series de divulgación científica y documentales, Michio Kaku –físico norteamericano de origen japonés– es uno de los científicos más conocidos del mundo. Sus arriesgadas declaraciones futuristas y sus esfuerzos por divulgar aspectos de la tecnología y la ciencia actuales, que de otro modo quedarían fuera del alcance del público común, lo equiparan con Carl Sagan, el inolvidable escritor, astrofísico y narrador de la legendaria serie Cosmos. De hecho, Kaku ha venido a llenar el vacío que dejara su desaparecido colega.

Hace apenas un mes, el periódico español ABC  lo entrevistó con motivo de la publicación de su nuevo libro sobre predicciones científicas. ¿Cuáles de ellas serán las primeras en ocurrir? ¿Cuáles pueden verse ya en el horizonte? ¿Te atreves a hacer tus propios vaticinios?

Michio Kaku recibe a ABC en su despacho dentro del departamento de Física de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), donde imparte clases de Física Teórica. La pasión de Kaku por la ciencia nació de la rocambolesca combinación de influencias entre Flash Gordon y la muerte de Einstein. A pesar de haber dedicado su vida a la física y el estudio de la teoría de cuerdas, Kaku ha encontrado la fama como divulgador científico. En esta ocasión presenta su libro «La física del futuro», un viaje en forma de predicciones sobre el futuro de la tecnología y la ciencia hasta el amanecer del siglo XXII.

Su libro es una predicción de cómo será el mundo en el siglo próximo. ¿No es un poco pronto para una predicción así?

No. La gente que está inventando la tecnología que veremos en el futuro ya tienen prototipos. Para escribir este libro mi labor ha consistido en pedirle a esos mismos científicos que se imaginen el futuro y que me cuenten cuándo creen que estas tecnologías empezarán a aparecer en el mercado. Ellos ya tienen la tecnología y lo que hacen es proyectarla hacia el futuro. Por eso todas las predicciones que hice en «Visiones», el libro que publiqué en 1996, se cumplieron.

Una de las predicciones de las que habla es que conseguiremos reproducir artificialmente casi todos los órganos del cuerpo humano. ¿Qué pasará con el cerebro?

El cerebro es muy complicado. A corto plazo lo que haremos para rejuvenecerlo será inyectarle células madre que se le adherirán aleatoriamente. Tendremos que reaprender ciertas cosas, como montar en bicicleta, pero la ventaja es que expandirá nuestra memoria.

Si todos los órganos pudiesen ser artificiales, ajenos al malfuncionamiento o a enfermedades como el cáncer, ¿seremos inmortales?

Creo que nuestros nietos tendrán la opción de llegar a los 30 y parar el envejecimiento de sus cuerpos. Actualmente la investigación sobre el envejecimiento está dando buenos resultados. Poco a poco vamos descubriendo los genes responsables del envejecimiento. Cuando eso ocurra podremos arreglar esos genes. No voy a afirmar que tenemos la fuente de la juventud, pero ya hay muchas vías con las que conseguiremos expandir la esperanza de vida.

¿Pero podremos evitar morir?

Sí. Hay animales que no mueren de viejos, como algunos lagartos o tortugas marinas. Puede que acaben muriendo, pero no es por su edad. En zoológicos y otros entornos ideales no perecen. En su entorno natural fallecen por causas como accidentes, enfermedades o de inanición.

¿Hay alguna tecnología que según sus predicciones ya debería estar extendida, pero que aún no esté del todo desarrollada?

Para mí, una decepción ha sido la inteligencia artificial. Hay aspectos en los que hemos avanzado mucho, como en el desarrollo de máquinas con las que podemos comunicarnos; pero está siendo mucho más lento de lo que esperaba. Nuestros robots siguen sin tener conciencia ni poder pensar de manera independiente.

Durante siglos el hombre ha buscado la forma de hacer posible la telequinesia y el teletransporte. En su libro menciona que la telequinesia será un hecho pronto. ¿Qué pasa con el teletransporte?

Ya podemos teletransportar átomos y fotones, pero eso no son personas. Quizá dentro de una década consigamos teletransportar la primera molécula, como H2O o alguna similar. Pero el teletransporte real de un humano nos llevará siglos. Va a ser realmente difícil, probablemente porque somos muy grandes.

En su libro menciona que con el tiempo alcanzaremos una «civilización planetaria» capaz de aprovechar todos los recursos del planeta. ¿Es este modelo de civilización compatible con el sistema actual de países, fronteras y aduanas?

Mientras que tengamos que pagar impuestos para mantener el alcantarillado, el ejército, la Policía o cualquier otro servicio público, seguirá habiendo naciones y fronteras, pero el poder de estas naciones habrá disminuido enormemente. Veremos cómo las naciones se van quedando cada vez más obsoletas. El dinero viajará sin límites de fronteras y la política seguirá el camino del dinero formando bloques comerciales como NAFTA o la Unión Europea.

¿Cuál es el factor más decisivo a la hora de determinar el éxito o fracaso de una tecnología?

El factor esencial es el que he denominado «el principio del cavernícola». A grandes rasgos quiere decir que cualquier tecnología tendrá buena acogida si hay un paralelismo con cómo era la vida de los humanos en las cavernas. En las fogatas era donde una persona se informaba y, hoy, eso son Facebook y las redes sociales, pero multiplicado por un millón. Siempre confiaremos más en la información que nazca de la interacción humana. La explicación es que nuestra personalidad no ha cambiado desde hace más de 100.000 años.

En el año 2100 nuestros cinco sentidos estarán potenciados a través de la tecnología. ¿Si un ciudadano del siglo pasado nos viese, pensaría que somos personas o algún tipo de criatura fantástica?

Seremos como dioses. Una persona de 1900 nos vería como a un mago o a un brujo con nuestros cohetes e Internet. Pero cuando nosotros miremos a nuestros nietos, a finales de siglo, ellos serán como dioses griegos. Zeus podía mover objetos con su mente y nosotros también podremos. Venus tenía una salud y un cuerpo perfectos, y gracias a la terapia génica y al uso de recursos, como las células madre, nosotros también alcanzaremos ese nivel. Apolo podía viajar montado en carros volantes y nosotros conduciremos coches que vuelan. Pegaso era un animal que se podía crear a placer y nosotros crearemos nuevas especies y recuperaremos especies que creíamos extintas. El poder de la mente, el poder de crear vida, la longevidad… Tendremos todos los poderes propios de los dioses.

Usted ha afirmado que siente una especie de asombro infantil cada vez que reflexiona sobre el futuro. ¿Qué hay que hacer para que los niños se interesen por la ciencia y conseguir que alguien recoja el legado?

Todos nacemos científicos, preguntándonos por el universo, siendo curiosos. Cuando tenemos 10 años comenzamos a explorar, vamos al planetario, jugamos a los laboratorios. Pero eso va desapareciendo según entramos en la adolescencia. El presidente Barack Obama habló del «momento Sputnik», un instante en la Historia en el que el interés de la gente joven por la ciencia coge fuerzas. Yo tuve un «momento Sputnik» con el Sputnik. Entonces la gente me decía que mi deber era convertirte en un hombre de ciencia. Pero eso ya no existe. Hoy los mejores científicos proceden de China e India, mientras los americanos malgastan su tiempo en YouTube, bailando y pasándoselo bien.

Si en el futuro todo el conocimiento que necesitamos estará a un clic de distancia o podrá ser insertado en nuestros cerebros, al estilo «Mátrix», ¿para qué habrá que ir a la Universidad?

Pronto con pestañear tendremos acceso a toda la información sobre lo que estamos viendo gracias a nuestras lentillas. Pero cómo pensar, cómo crear estrategias y nuevas metas, eso seguirá requiriendo las habilidades que sólo un tutor, un ser humano, podrá transmitir. Y para eso habrá que seguir yendo a la universidad. La gente seguirá pagando por la interacción con los expertos que nos podrán enseñar a utilizar todas las herramientas a nuestra disposición.

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