Ya estoy en vísperas de viaje rumbo a la Madre Patria, como llamamos los cubanos al país que nos moldeó como nación en la época moderna, porque si en Cuba acostumbramos a decir que «quien no tiene de congo, tiene de carabalí», en referencia al ineludible mestizaje africano que corre por las venas de muchos cubanos que se consideran blancos, también sería bueno recordar de vez en cuando que allí «quien no tiene de gallego, tiene de catalán» o «quien no tiene de canario, tiene de andaluz», o cualquier otra mezcla alusiva a las diversas regiones de donde estuvieron llegando españoles para asentarse en la Perla de las Antillas, desde 1492 hasta 1959.
Por mi parte, con mi sangre asturiana y canaria a cuestas –amén de otras naciones que ahora no vienen al caso–, dentro de unas horas partiré rumbo a la tierra de mis ancestros. Ya he estado allí otras muchas veces, pero no la visitaba desde hacía 10 años. ¡Cómo pasa el tiempo!

Ando más que retrasada con los artículos que me había propuesto escribir sobre mis últimas lecturas. Y es que después de muchos años en los que no había leído mucha ciencia ficción —aunque sí abundante fantasía, arqueología y literatura mainstream o tradicional—, he regresado al género leyendo mucho más de lo que podré reseñar. Esa ansiedad de lectura se debe a que por fin entregué mi última novela del ciclo “La Habana Oculta” en el que venía trabajando desde hacía dos décadas y ahora he querido refrescarme retomando un género donde me siento muy a gusto.
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