Los escritores también tienen su Libro del Día

Les enlazo una mini-entrevista que me ha hecho el blog Libro del día. Su creador, el venezolano Rodnei Casares, ha hecho las mismas tres preguntas claves a otros escritores: ¿Cuál es tu libro del día? (sobre lo que cada escritor está leyendo actualmente), ¿Algún placer culposo literario? (sí, aunque no lo crean, hay escritores que se ruborizan de admitir que leen ciertos libros) y ¿Un libro que haya marcado un antes y un después?

Bajo el lema «Regalar libros es regalar amigos», este blog  mantiene viva la idea de promover la literatura en las redes. Gracias por haberme incluido.

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Padre Nuestro (Oración por el Día de los Padres)

Hace once años publiqué un texto por el Día de los Padres en la columna que entonces escribía para El Nuevo Herald. Había intentado hacer un artículo sobre el significado de esa fecha, pero estaba lejos de mi padre y lo extrañaba demasiado para escribir una crónica fría y razonada.

Recordando lo que había significado él, y las historias que contaban otras personas sobre los suyos, salió un escrito que al principio no supe cómo clasificar. En aquel momento, Internet no era la red global que es hoy. Así es que el texto solo apareció en la edición en papel de aquel domingo.

En los días siguientes, recibí varias cartas de personas diciéndome que lo habían fotocopiado y enviado a sus padres que vivían lejos de ellos. Yo logré hacer llegar un recorte del periódico a Cuba, como único regalo que podía enviarle al mío en aquel momento; pero cuando hablé con él por teléfono me contó que le había gustado tanto que se lo había enseñado a mucha gente. Fue mi único consuelo.

Han pasado 21 años desde la última vez que pasé un Día de los Padres junto a él, pero este domingo lo celebraremos juntos por primera vez en dos décadas. Por este regalo que me ha hecho la vida, quiero compartir ese texto con ustedes. Quizás los lectores que en aquel momento me pidieron una copia, ahora puedan imprimirlo o copiarlo en su computadora para enviarlo por email a familiares o amigos. Por eso he preferido subirlo en un enlace.

Este es mi homenaje a todos los padres del mundo, especialmente al mío y a todos los lectores que también lo son. Donde quiera que estén, les regalo mi Padre Nuestro (Oración por el Día de los Padres).

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Ha muerto Ray Bradbury, Maestro de Maestros

Acaba de salir la noticia en las redes, y el mundo del arte y la literatura, de la ciencia y la tecnología, de los visionarios y los soñadores más audaces, se visten de luto. Ayer martes 5 de junio, en horas de la noche, según confirmara su hija Alexandra, murió su padre Ray Bradbury, autor de las obras más representativas de la ciencia ficción mundial. Tenía 91 años de edad.

«Su monumental legado vive en sus libros, películas, series de televisión y obras de teatro», dijo su nieto Danny Karapetian. «Pero más importante aún, en las mentes y los corazones de todos los que lo leyeron, porque leerlo era conocerlo. Influyó a tantos artistas, escritores, maestros y científicos, que siempre es conmovedor y reconfortante escuchar esas historias».

Sus dos obras cumbres, Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, han quedado como íconos de la imaginación y de la previsión sobre el futuro.

Mi ejemplar de «Crónicas marcianas», que conservo desde la adolescencia.

Crónicas marcianas, publicada en 1950, es un conjunto de relatos que forman el cuerpo de una misma historia. La trama gira en torno a la conquista humana del planeta Marte, donde una pacífica civilización termina siendo un moribundo y fantasmagórico recuerdo, destruida por la avaricia, la banalidad y la incultura de los exploradores. El libro es una denuncia poética contra la intolerancia y la colonización deshumanizada, contra el racismo y la estupidez humana.

Fahrenheit 451, publicado en 1953, retrata una sociedad en la que los libros son prohibidos e incinerados. Es un temible recordatorio de las piras de libros llevadas a cabo por la Inquisición católica, más tarde por los nazis, e incluso hoy por sociedades totalitarias y dictatoriales que siguen prohibiendo y destruyendo  libros «políticamente incorrectos» para sus intereses de control de las masas.

La novela, cuyo título surge de la temperatura a la que arde el papel, también ha resultado ser terriblemente profética. Los personajes se han vuelto adictos a las telenovelas y a la televisión en general, mientras usan unos pequeños audífonos con los que escuchan música y noticias todo el tiempo.

Durante muchos años, Bradbury intentó  evitar que su obra fuera publicada en forma de e-books. En una entrevista al New York Times dijo que los libros electrónicos «olían a combustible quemado» y calificó a Internet de «distracción inútil», añadiendo: «No le veo el sentido, no es real. Es algo que está en el aire».

Bradbury alrededor de los 30 años.

Muchos criticaron su postura anti-tecnológica, algo aparentemente contradictorio para un escritor de ciencia ficción. Pero la explicación es simple: son precisamente escritores como él quienes más han advertido contra el mal uso de las tecnologías que, muchas veces, terminan deshumanizando la sociedad y alejándola de sus orígenes naturales, cuando debería existir un equilibrio entre ambas opciones. No fue sino hasta el año pasado que, convencido por su agente de que los nuevos contratos no aceptarían una reimpresión en papel si no se incluía también la opción del e-book, que aceptó… y supongo que a regañadientes.

Bradbury (4 años)

Con sólo 3 años, ya había decidido ser escritor. Fue un lector compulsivo que siempre reconoció y agradeció otras influencias: «Me enseñó Shakespeare, me enseñó Julio Verne. Edgar Allan Poe me dijo que escribiera. Edgar Rice Burroughs y John Carter de Marte… H. G. Wells y El hombre invisible. Los grandes nombres fueron mi influencia y con ellos nunca necesité más consejo».

Con la muerte de Ray Bradbury, se cierra una época de oro para la ciencia ficción y para toda esa literatura cuyos pilares son la imaginación, la poesía y el humanismo. En un mundo cada día más violento, que pide a gritos una reforma del pensamiento social, económico y político a escala mundial, la impronta de escritores como él, que se rebelaron contra el modus vivendi y denunciaron las inmoralidades sociales y ecológicas del mundo en que vivimos, debería quedar como uno de los senderos rescatables del arte contemporáneo.

De cualquier modo, quienes crecimos leyéndolo y atesorando sus libros, volveremos una y otra vez a sus páginas. Cuando era adolescente, me aprendí de memoria párrafos enteros de sus Crónicas marcianas. Y si alguna vez ocurriera la terrible catástrofe temida por su autor –la desaparición total de los libros– me alegraré de haber seguido el ejemplo de los personajes de Fahrenheit 451, que guardaban en sus memorias bibliotecas completas de obras desaparecidas. Sé que al menos podré sentarme bajo el sol de algún atardecer y recitar de memoria esos pasajes que jamás he olvidado: «Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa con columnas de cristal….»

Poster inspirado en las «Crónicas marcianas», de Ray Bradbury

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En busca de la infancia perdida

hada en librosUna de las cosas que más extraño de mi niñez es esa sensación de deslumbramiento constante que encontraba en los libros. Ya fuera poesía o narrativa, historia o biografía, esas lecturas han marcado quien soy e incluso lo que escribo. Cómo el hombre se hizo gigante, de M. Ilin y E. Segal, podría ser una de las razones que me llevaron a convertir The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, de Julian Jaynes, en uno de mis libros de cabecera sobre la evolución del cerebro humano y su vínculo con la espiritualidad antigua.

Mi primer libro sobre teoría de la relatividad.

Lecturas como Astronomía Recreativa y Física Recreativa, de Y. I. Perelman, y En el País de las Maravillas, de G. Gamow (que no era precisamente para niños, sino un libro de divulgación científica sobre la teoría de la relatividad que leí decenas de veces porque se me antojaba casi un cuento de hadas), también pudieron ser la causa de que hoy tenga un estante repleto con tomos sobre física cuántica y astrofísica que van desde el paradigmático A Brief History of Time, de Stephen W. Hawking, pasando por In Search of Schrödinger’s Cat, de John Gribbin, y llegando al polémico The Holographic Universe, de Michael Talbot.

Comparto con algunos amigos esa añoranza por los libros que, siendo o no catalogados para niños, nos abrieron tempranamente las puertas a todo un panorama humano y científico, con tintes de magia, al menos para nuestra mirada infantil, deslumbrada ante un universo que empezábamos a descubrir.

Aunque los niños y los jóvenes de hoy siguen leyendo, no estoy muy segura ―a juzgar por lo que veo en las librerías y en Internet― que estén nutriéndose de los autores que más contribuirían a su vocabulario o sus conocimientos. Espero sinceramente estar equivocada. Ojalá muchos lean aún a Alejandro Dumas, Julio Verne, Lewis Carroll, Arthur Conan Doyle, Daniel Defoe, Jack London, Edgar A. Poe, Antoine de Saint-Exupery, Walter Scott, Mark Twain, H.G. Wells, y tantos otros escritores, que nunca cesaron de hechizar a los jóvenes de otras épocas.

Portada de la edición cubana (Editora Juvenil, 1966)

Y en esta lista también incluyo a divulgadores científicos como los ya mencionados, a los que poco o ningún crédito se les da en la formación y desarrollo del intelecto infantil. ¿Quién ha podido olvidar, después de leerlo, un libro como Cazadores de microbios, de Paul de Kruif? ¿O Un paseo por la casa, de M. Ilin, donde uno de enteraba desde las costumbres en la mesa durante la Edad Media hasta la historia secreta, con visos de espionaje, sobre la fabricación del espejo? Debería imponerse la moda de rendir tributo a esos científicos e historiadores que han logrado poner al alcance de los niños todo ese acervo cultural que resulta tan difícil de explicar a los adultos que no tuvieron la suerte de contar con padres o guías que los iniciaran en esas lecturas.

No es de extrañar que mi niñez pasara como un soplo. El tiempo se me iba con la cabeza metida en los libros, soñando con épocas y mundos lejanos, e imaginando qué y cómo pensarían sus personajes. Y a pesar del tiempo transcurrido, no he olvidado a todos esos autores e historias. Recuerdo, por ejemplo, los veinte tomos de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud que fui leyendo poco a poco, cada vez que mi padre me llevaba de visita a casa de un tío suyo, quien conservaba aquella edición encuadernada en cuero, de principios de siglo, en el estante inferior de un librero.

Tomo 12 (El Tesoro de la Juventud)

Acostada en el suelo, con las manos apoyadas en la barbilla, iba enterándome de las maravillas de la ciencia y la tecnología que, aunque atrasadas ya para mi época, me cautivaban de igual manera. Pero más que todo me apasionaban los cuentos de hadas, maravillosamente ilustrados con dibujos en sepia al estilo victoriano, que poseían un aire de misterio aún mayor que otras imágenes modernas. Creo que si ahora mismo me dieran la noticia de que esos tomos iban a ser publicados en versión digital, correría a comprarme un tablero de lectura, aunque ya saben los lectores que no soy precisamente fanática de ese soporte.

No he podido evitar que, de un tiempo a esta parte, toda esa nostalgia me haya llevado a reencontrarme con los clásicos de épocas pasadas, incluyendo los que conocí en mi adolescencia. Hace unos meses volví a leer Crimen y castigo, de F. Dostoyevski, que salvo unas pocas descripciones que hoy me parecen prescindibles, disfruté de nuevo. También he repasado varias obras de Shakespeare y algunos clásicos de la ciencia ficción (Ray Bradbury, Isaac Asímov, Theodore Sturgeon, Ursula K. LeGuin) que no había leído en años.

La semana pasada leí por primera vez Naná, la única novela de Emile Zola, que se me pasó entre todas las obras de este autor que se publicaron en Cuba… de lo que me alegro, porque he podido regalarme una lectura inédita y mil veces más placentera que la que me han proporcionado unos cuantos best-sellers modernos. He saboreado esas descripciones de ambientes, dibujadas con un vocabulario coloridamente decimonono, de voluptuosidad opulenta y casi rubensiana. Ha sido una delicia recuperar giros y vocablos (que hoy se han esfumado del español), gracias a una excelente traducción, como las que abundaban en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado, que contrasta con las penosas traducciones que se realizan en la actualidad, donde el vocabulario de traductores y editores ―salvo excepciones― compite con la pobreza del habla contemporánea.

Podría parecer extraño que haya mencionado ciertos títulos y autores en una reflexión sobre las lecturas de la infancia, pero fueron precisamente los clásicos infantiles los que me llevaron luego a otros más complejos. Las lecturas de la niñez son tan definitivas como los primeros cinco años de nuestras vidas. Sin ellas, difícilmente llegaremos a disfrutar luego con aquellos libros que más tarde nos mostrarán las infinitas facetas de la cultura y la lengua.

Los clásicos permanecen, aguardando quizás por nuevos lectores que prefieran ignorar esas repetitivas y predecibles historias que hoy se exponen en tantas librerías, y quieran internarse en los antiguos volúmenes que relatan conmovedoras tragedias y tramas capaces de iluminar el espíritu más apagado.

La doncella de Orleans llevada prisionera por los ingleses
(imagen tomada de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud)

Por mi parte, planeo seguir reencontrándome con los clásicos ―ya tengo en fila algunos tomos de Benito Pérez Galdós―, no solo para recordar otros ambientes y modos de ver la vida, sino también para recorrer nuevamente regiones casi olvidadas de nuestro idioma, cada día más pobre y más necesitado de una antigua y heredada sabiduría.

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Prometheus: a punto de despegar

La creciente expectativa promocional que ha creado el próximo estreno de la película Prometheus, de Ridley Scott (Alien, Blade Runner, Gladiator), ya bate récords antes de su puesta en escena. Según los datos publicados por The Hollywood Reporter, la película, protagonizada por estrellas como Michael Fassbender y  Charlize Theron, ya ha vendido más de 18.000 entradas en su primera semana de pre-venta de localidades; una cifra que se traduce en una recaudación de más de 360.000 euros, lo cual es un récord histórico que supera otros lanzamientos de perfil alto en IMAX como The Dark Knight (El caballero oscuro), la entrega final de Harry Potter e incluso la misma Avatar.

La película, que será estrenada en Gran Bretaña (1° de junio) y Estados Unidos (8 de junio) en cines con tecnología IMAX y 3D, es una especie de antecedente a lo ocurrido en ‘Alien’. Según su director, responderá algunas preguntas que aquella dejó sin responder. Al hablar sobre la idea que originó el filme, Scott dijo a la prensa: «La NASA y el Vaticano concuerdan en que es casi matemáticamente imposible que pudiéramos estar donde estamos hoy si no hubiéramos recibido un poco de ayuda a lo largo del camino… Eso es lo que buscamos [en la película], algunas de las ideas de Erich von Däniken acerca de cómo surgieron los humanos.»

Por su parte, el guionista de la película, Damon Lindeloff, explicó que Prometheus cubre una vasta extensión de tiempo: pasado, presente y futuro. «No ocurre precisamente sobre la Tierra, sino que explora el futuro lejos de nuestro planeta, pero preguntándose sobre los cambios que han ocurrido en los seres humanos, qué han logrado y qué piensan. La idea primordial es que cuanto más lejos lleguemos, más aprenderemos sobre nosotros mismos. Por esa razón, los personajes de la película quieren saber cuáles son nuestros orígenes», dijo.

La película contiene unas 1.300 tomas con efectos especiales. Y sólo con ver este trailer ya es posible augurar que será una fuerte contendiente al Oscar, no sólo por esos efectos, sino también por la banda sonora, que le pone a cualquiera los pelos de punta.

Este último trailer, con subtítulos en español, es mucho más revelador que el primero que también colocamos en este blog. Les recomiendo que suban el sonido de su computadora y que amplíen la pantalla para que abarque todo el monitor, cliqueando en el cuadrado de la esquina inferior derecha del video. ¡Que lo disfruten!

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