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Loba: Cuando la fantasía habla español

LobaExisten tabúes editoriales realmente disparatados. Por ejemplo, las editoriales norteamericanas de literatura para niños y jóvenes (incluyendo las que publican en español) suelen negarse a aceptar obras escritas por autores con nombres hispanos que aborden temas “no latinos”, es decir, si usted es un autor mexicano, colombiano o cubano, mejor entregue textos sobre personajes que se llamen Pedro o Juanita, que coman tortillas de maíz y tengan abuelos que usan sombreros. No se le ocurra escribir sobre dragones, hadas, elfos y otras criaturas mitológicas que, aunque también existen en el folclore de muchos pueblos hispanohablantes, el mercado ha decidido que son propiedad anglosajona. Como si cualquier tema, además, no fuera factible de ser abordado por cualquier escritor, independientemente de su trasfondo cultural.

Por desgracia, muchas editoriales hispanoamericanas también piensan lo mismo, pese a que hay abundantes recopilaciones sobre la mitología y el folclore de Hispanoamérica donde queda claro que esas criaturas forman parte del legado celta que llegó a la península ibérica y, desde ahí, viajó al Nuevo Mundo en las carabelas que surcaron el Atlántico hace cinco siglos y en oleadas migratorias posteriores.

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Fundación Cuatrogatos: en aras de la lectura

cuatrogatos_logoQuienes abogamos por una sociedad de lectores educados, estamos de plácemes con el anuncio de que la Fundación Cuatrogatos, con sede en Miami, ha iniciado oficialmente sus actividades. Esta organización sin fines de lucro, que contaba con un portal en activo desde hacía 13 años, se ha establecido finalmente como una institución de carácter continental con el fin de desarrollar proyectos que promuevan la lectura en español, haciendo especial énfasis en niños y jóvenes, con actividades que van desde encuentros en centros escolares hasta lanzamientos de libros, presentación de autores y participación en simposios internacionales, entre otros eventos. Sus fundadores, los escritores Antonio Orlando Rodríguez y Sergio Andricaín, poseen –además de su propia obra personal– una vasta experiencia en el campo de la crítica y la selección de textos apropiados para diversas edades.

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Tres lecturas mágicas

Agnes-CeciliaÚltimamente he estado leyendo obras que las editoriales clasifican como literatura juvenil. Decidí hacerlo después de tropezar con Aire negro, una excepcional novela clasificada bajo esa categoría de la que hablé en un post anterior. Su descubrimiento me convenció de que la literatura –a veces mal llamada– juvenil podía ser un depósito de sorpresas en un mercado donde abunda la violencia y escasea la originalidad. Así, pues, me di a la tarea de buscar en ese terreno y he encontrado maravillas, no solo de autores contemporáneos, sino de clásicos que había pasado por alto. Uno de esos clásicos pendientes era María Gripe (1923-2007), reconocida autora sueca para niños y jóvenes que había oído mencionar mucho, pero que no había leído. Mi primer encuentro con su obra ha sido Agnes Cecilia (Ediciones SM, 1985), una extraordinaria historia de suspense sin asesinatos, sangre o violencia; y sin embargo, es un libro que nos hace andar casi de puntillas ante los fantasmas que pueblan sus páginas.

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Suspenso en clave gallega

AireNegroHace algún tiempo cayó en mis manos, gracias a un amigo, la novela Aire negro, del escritor gallego Agustín Fernández Paz (Lugo, 1947). Me aseguró que era una excelente historia de suspenso, pero recibí la aclaración con desconfianza. Después de mis lecturas juveniles de Poe, Lovecraft, Deleth, Maupassant y otros clásicos del género, tenía la impresión de que los escritores contemporáneos habían abandonado el género, tal y como debería ser en su estado más puro y esencial, es decir, sin el auxilio de esa violencia repetitiva que, al parecer, es la muleta con que muchos autores parecen suplir la falta de imaginación para tramar una buena historia, sin acudir al facilismo constante de la agresión física contra sus personajes. Lejos de lo que había esperado, la lectura de esta obra me dejó una sensación de escalofriante hechizo que hacía muchos años no sentía.

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En busca de la infancia perdida

hada en librosUna de las cosas que más extraño de mi niñez es esa sensación de deslumbramiento constante que encontraba en los libros. Ya fuera poesía o narrativa, historia o biografía, esas lecturas han marcado quien soy e incluso lo que escribo. Cómo el hombre se hizo gigante, de M. Ilin y E. Segal, podría ser una de las razones que me llevaron a convertir The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, de Julian Jaynes, en uno de mis libros de cabecera sobre la evolución del cerebro humano y su vínculo con la espiritualidad antigua.

Mi primer libro sobre teoría de la relatividad.

Lecturas como Astronomía Recreativa y Física Recreativa, de Y. I. Perelman, y En el País de las Maravillas, de G. Gamow (que no era precisamente para niños, sino un libro de divulgación científica sobre la teoría de la relatividad que leí decenas de veces porque se me antojaba casi un cuento de hadas), también pudieron ser la causa de que hoy tenga un estante repleto con tomos sobre física cuántica y astrofísica que van desde el paradigmático A Brief History of Time, de Stephen W. Hawking, pasando por In Search of Schrödinger’s Cat, de John Gribbin, y llegando al polémico The Holographic Universe, de Michael Talbot.

Comparto con algunos amigos esa añoranza por los libros que, siendo o no catalogados para niños, nos abrieron tempranamente las puertas a todo un panorama humano y científico, con tintes de magia, al menos para nuestra mirada infantil, deslumbrada ante un universo que empezábamos a descubrir.

Aunque los niños y los jóvenes de hoy siguen leyendo, no estoy muy segura ―a juzgar por lo que veo en las librerías y en Internet― que estén nutriéndose de los autores que más contribuirían a su vocabulario o sus conocimientos. Espero sinceramente estar equivocada. Ojalá muchos lean aún a Alejandro Dumas, Julio Verne, Lewis Carroll, Arthur Conan Doyle, Daniel Defoe, Jack London, Edgar A. Poe, Antoine de Saint-Exupery, Walter Scott, Mark Twain, H.G. Wells, y tantos otros escritores, que nunca cesaron de hechizar a los jóvenes de otras épocas.

Portada de la edición cubana (Editora Juvenil, 1966)

Y en esta lista también incluyo a divulgadores científicos como los ya mencionados, a los que poco o ningún crédito se les da en la formación y desarrollo del intelecto infantil. ¿Quién ha podido olvidar, después de leerlo, un libro como Cazadores de microbios, de Paul de Kruif? ¿O Un paseo por la casa, de M. Ilin, donde uno de enteraba desde las costumbres en la mesa durante la Edad Media hasta la historia secreta, con visos de espionaje, sobre la fabricación del espejo? Debería imponerse la moda de rendir tributo a esos científicos e historiadores que han logrado poner al alcance de los niños todo ese acervo cultural que resulta tan difícil de explicar a los adultos que no tuvieron la suerte de contar con padres o guías que los iniciaran en esas lecturas.

No es de extrañar que mi niñez pasara como un soplo. El tiempo se me iba con la cabeza metida en los libros, soñando con épocas y mundos lejanos, e imaginando qué y cómo pensarían sus personajes. Y a pesar del tiempo transcurrido, no he olvidado a todos esos autores e historias. Recuerdo, por ejemplo, los veinte tomos de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud que fui leyendo poco a poco, cada vez que mi padre me llevaba de visita a casa de un tío suyo, quien conservaba aquella edición encuadernada en cuero, de principios de siglo, en el estante inferior de un librero.

Tomo 12 (El Tesoro de la Juventud)

Acostada en el suelo, con las manos apoyadas en la barbilla, iba enterándome de las maravillas de la ciencia y la tecnología que, aunque atrasadas ya para mi época, me cautivaban de igual manera. Pero más que todo me apasionaban los cuentos de hadas, maravillosamente ilustrados con dibujos en sepia al estilo victoriano, que poseían un aire de misterio aún mayor que otras imágenes modernas. Creo que si ahora mismo me dieran la noticia de que esos tomos iban a ser publicados en versión digital, correría a comprarme un tablero de lectura, aunque ya saben los lectores que no soy precisamente fanática de ese soporte.

No he podido evitar que, de un tiempo a esta parte, toda esa nostalgia me haya llevado a reencontrarme con los clásicos de épocas pasadas, incluyendo los que conocí en mi adolescencia. Hace unos meses volví a leer Crimen y castigo, de F. Dostoyevski, que salvo unas pocas descripciones que hoy me parecen prescindibles, disfruté de nuevo. También he repasado varias obras de Shakespeare y algunos clásicos de la ciencia ficción (Ray Bradbury, Isaac Asímov, Theodore Sturgeon, Ursula K. LeGuin) que no había leído en años.

La semana pasada leí por primera vez Naná, la única novela de Emile Zola, que se me pasó entre todas las obras de este autor que se publicaron en Cuba… de lo que me alegro, porque he podido regalarme una lectura inédita y mil veces más placentera que la que me han proporcionado unos cuantos best-sellers modernos. He saboreado esas descripciones de ambientes, dibujadas con un vocabulario coloridamente decimonono, de voluptuosidad opulenta y casi rubensiana. Ha sido una delicia recuperar giros y vocablos (que hoy se han esfumado del español), gracias a una excelente traducción, como las que abundaban en los años 30, 40 y 50 del siglo pasado, que contrasta con las penosas traducciones que se realizan en la actualidad, donde el vocabulario de traductores y editores ―salvo excepciones― compite con la pobreza del habla contemporánea.

Podría parecer extraño que haya mencionado ciertos títulos y autores en una reflexión sobre las lecturas de la infancia, pero fueron precisamente los clásicos infantiles los que me llevaron luego a otros más complejos. Las lecturas de la niñez son tan definitivas como los primeros cinco años de nuestras vidas. Sin ellas, difícilmente llegaremos a disfrutar luego con aquellos libros que más tarde nos mostrarán las infinitas facetas de la cultura y la lengua.

Los clásicos permanecen, aguardando quizás por nuevos lectores que prefieran ignorar esas repetitivas y predecibles historias que hoy se exponen en tantas librerías, y quieran internarse en los antiguos volúmenes que relatan conmovedoras tragedias y tramas capaces de iluminar el espíritu más apagado.

La doncella de Orleans llevada prisionera por los ingleses
(imagen tomada de la enciclopedia El Tesoro de la Juventud)

Por mi parte, planeo seguir reencontrándome con los clásicos ―ya tengo en fila algunos tomos de Benito Pérez Galdós―, no solo para recordar otros ambientes y modos de ver la vida, sino también para recorrer nuevamente regiones casi olvidadas de nuestro idioma, cada día más pobre y más necesitado de una antigua y heredada sabiduría.

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