Libros viajeros en Miami

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En una lavandería de Miami se dejó uno de los ejemplares del programa «Soy un libro viajero», organizado por la Fundación Cuatrogatos.

Desde hace algún tiempo, en algunas ciudades del mundo, se ha desarrollado una iniciativa denominada book-crossing, en la que diversas entidades culturales dejan libros falsamente «abandonados» en lugares públicos para que algún afortunado lector los encuentre, se los lleve a casa, los lea y, a su vez, los suelte luego en otro lugar para otro lector que, a su vez, haría lo mismo, estableciéndose así una interminable cadena de lectura que funcionaría como una especie de biblioteca itinerante llena de sorpresas. Sigue leyendo

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Un gran premio para la literatura cubana

Leonardo Padura

Por lo visto he sido la última en enterarme (llevo semanas desconectada de las redes), pero ayer revisé mis correos y, gracias al profesor Juan Carlos Toledano que me escribió desde Oregon, supe que el premio Princesa de Asturias de las Letras había sido adjudicado hace unos días a Leonardo Padura. Tras la alegría del reconocimiento a un viejo amigo, me llegó una avalancha de recuerdos de la época en que nos conocimos, a comienzos de los años ochenta, en la Universidad de La Habana.

No puedo recordar quién nos presentó, ni en qué momento, solo que coincidimos en un taller literario para estudiantes. Era un taller bastante caótico porque allí no existía, como es costumbre, un director o coordinador experimentado. Nos reuníamos cada quince días, los sábados por la mañana, en el Parque de los Cabezones —un jardín con bustos de próceres respetables, que había sido bautizado de ese irreverente modo por estudiantes universitarios de otras épocas. Sigue leyendo

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Lucrecia quiere decir perfidia: un thriller distinto

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Una de las ventajas de haber leído mucho durante toda una vida es también una gran desventaja; y es que el lector de tantas correrías se vuelve majadero, criticón, exigente, intolerante… En otras palabras, un lector veterano puede ser la peor pesadilla de cualquier escritor que no sea realmente bueno. Con solo leer el primer párrafo de una novela, ya puede ver o imaginar todos los defectos, todos los clichés y todas las argucias en que incurrirá su autor en las líneas que seguirán. Sigue leyendo

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Maya Plisetskaya: Ha muerto el cisne.

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Ha muerto la bailarina Maya Plisetskaya (1925-2015), la doncella-cisne por excelencia, la inolvidable Odette-Odile, el moribundo cisne de Saint-Saëns, el más grandioso que agonizara en escenario alguno. Su legendaria interpretación de «La muerte del cisne» intentó ser copiada por generaciones de bailarinas de todas las latitudes, pero jamás ocasionaron el impacto ni dejaron el legado del suyo; ni siquiera la Pavlova manejó aquellos brazos alados como ella.

En una entrevista, al preguntársele sobre ese modo tan suyo de interpretar sus cisnes, ella contó que había pasado jornadas enteras observando el comportamiento de esas aves en los estanques y la forma en que movían sus cuellos y agitaban las alas con el fin de reproducirlo en la anatomía humana, que era tan diferente. El resultado queda para la historia en los videos y películas que recogen sus actuaciones.

La impresión que me produjo su cisne, cuando la vi a mis 6 ó 7 años en el teatro García Lorca de la Habana, dejó una huella que me acompaña hasta hoy.

Fue un privilegio haber podido disfrutar de una bailarina cuyo talento y entrega personificaron lo mejor del arte del ballet. Descanse en paz, Prima Ballerina Assoluta.

La muerte del cisne, a los 50 años (1975)

La muerte del cisne, a los 34 años (1959).

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Adiós a Lucía Huergo

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Portadas de las primeras ediciones de los discos «Ancestros I» (Grupo Síntesis) y «Cantos» (Grupo Mezcla con Lázaro Ros). Lucía Huergo aparece en el centro de la foto, con blusa blanca.

Esta madrugada se ha ido Lucía Huergo, a quien siempre había considerado «la maga del saxofón cubano». Pianista, compositora, flautista y una arreglista genial sin la cual no existirían dos joyas de la discografía cubana de las últimas décadas, que ya son clásicos del rock afrocubano, y cuyas primeras ediciones en CD conservo como los tesoros que son.

Imposible olvidar sus arreglos a cantos afrocubanos en piezas como Eyeleó, Mereguo, Barasuayo o Titi-Layé, este último cantado por el inefable Akpwón de la música afrocubana Lázaro Ros (en el disco Ancestros I) –arreglos que eran casi composiciones personales, porque Lucía siempre supo imprimirles giros muy sui generis que la identificaban.

Murió, según dicen las noticias, con 57 años, a causa de cáncer del pulmón.

Feliz viaje, maestra. Nunca pude decirle en persona cuánto la admiraba, pero su música me seguirá acompañando en mis solitarias horas de escritura, como ocurre desde hace años.

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